Perro errante

Escrituras de paso en un mundo inestable


Rostros y día

  1. El rostro del alba

Acaso el sinsentido más profundo y con más huellas de escozor salieron de su boca en forma de una oración monótona y sin sentido: “Estoy bien, estoy bien…”. Esas mismas palabras se tornaron pálidas ante la tristeza más llorada.

Nada estaba bien.

Su rostro y sus manos se habían fijado por más de dos horas en la manija de la puerta más vieja que tenía la casa, y no podía terminar de cerrarla, o de abrirla. Sus intenciones sólo la conducían, a esas horas de la madrugada, a prenderse de un umbral, quizás el más primigenio de ese edén que siempre había estado esperando, ya sea parada en la puerta principal, sentada junto a la ventana o trepada en la azotea del edificio. Pero nunca llegó. Un día antes, después de acostarse y dar las buenas noches a la sombra de su cama, incluso conservando todavía un puñado de sus sueños, supo que el tramo final estaba por concluir. Las flores y los cantos que siempre embriagaron los campos y las almas de los más jóvenes eran sólo espectros dentro de esos muros que la cobijaban, y ni siquiera sabía qué había hecho para no merecer esos besos de la vida.

Siempre quiso ir a un lugar que se pareciera al que vio en su niñez, y que durante algún tiempo, en su juventud, parecía que por fin recorrería. Ir con alguien, algún hombre capaz de acompañarla a través de los sembradíos solitarios de maíz, entre las hojas compuestas de grano y de esperanza. Lugares que, en su memoria, nunca dejarían de ser, jamás podrían desaparecer; incluso entre la maleza que crecía arduamente en las aceras de su ciudad, la ilusión de un campo verde estaba ahí.

La hierba. Pudo verla brotar salvajemente desde la rendija hasta enredarse en la empuñadura, se extendió hasta los días en que montaba en bicicleta, mientras jugaba con sus cabellos delicados y débiles que para ese entonces sufrían la pérdida de proteínas, porque no había para pan, ni para frutas, ni mucho menos para aceites extranjeros que lo protegieran del sol. Pero eso quizá ya no interesaba ni a ella ni a nadie, nunca jamás había sido necesario saberlo.

De pronto sintió ganas de llorar por ese algo que jamás había llegado. Por eso que hacía «felices» a las personas. No quería decir que ella no hubiera sido «feliz», pero le faltó algo, ni siquiera le notificaron qué semblante debía tener aquello que llegaría, algo que los hombres en algún momento anexaban a su vida, y que ella, por mucho que había querido, jamás lo había podido encontrar. Y ahora estaba varada frente a una puerta, sin ese algo y sin la soledad que siempre tuvo como amante.

Nunca le asustó su soledad. O quizás sí. Ahora ya no le asustaba. Porque las preguntas que siempre se había hecho, muchas veces fueron contestadas. Pero las respuestas que ella tenía para el mundo habían quedado presas en el silencio magnánimo de la creación, en el minuto cero, en los oídos sordos de aquellas personas que nunca presenciaron su necesidad. Ahora, ya no quería responder, ni siquiera a sí misma. Nadie necesitó sus respuestas, ni una persona que precisara, quisiera, o pretendiera ser el almacén de sus pensamientos. Cuando pensó en nadie, verdaderamente sintió la vastedad de la nada que los nihilistas tanto habían explicado en los libros que estaban a su espalda. —Nadie, nunca antes, nunca ahora y nunca más. Entiéndelo. Nadie, se dijo.

De pronto, su rostro abandonó toda memoria. Sus ojos dejaron de sujetarse por un momento a todo aquello que había sido y ya no era. No quedó ni el miedo, sólo un profundo reflejo de desolación y abandono, de huida. Yo la vi. Ese tipo de escapatoria me es imposible insertarla en algún tipo de tribulación ominosa que suele recurrir a muchas conciencias afligidas por el peso de la realidad, sólo tengo la certeza de que una especie de necesidad de olvido cubrió y asesinó el rostro que tenía delante de mí. Ella nunca recordará el rostro que yo vi, un semblante que por fin desconocía el amor y la virtud, opaco y oscuro, extraviado en la insignificancia de las cosas que ya no sirven para nada. Como si nadie nunca hubiera podido llegar hasta ella y se hubiera cansado de esperar.

Y hasta aquí se detiene mi contemplación, porque ella afirmó: “Nadie me ha amado”. No era una queja, sino una certeza llena de fulgor. “Todos necesitamos afecto, aunque sea un día”. Ella, a estas horas de la mañana, creyó que esa necesidad la había terminado de matar, porque el amor a veces se escapa como un globo en días de feria, incluso antes de comprarlo; la vida nos entrega palabras y hechos que ya han caducado, y se crece con los ojos semejantes a dos fósiles expuestos como piezas de museo.


  1. El rostro crepuscular

Ese día también sonó Fossils de Circa Waves en mi autoestéreo. Mientras tarareaba la pieza vino a mi mente la imagen de un sujeto que había visto hace unos días.

Coincidencia espectral.

Él tenía el rostro de esa canción que para entonces ya se había reproducido como veinte veces. “¡No inventes!”, él era igual a la canción, incluso antes de que alguno de los dos, el hombre o el tema, supieran que existirían alguna vez, tal simbiosis ya era parte del plan universal.

Sus ojos eran grises. El gris me recordó la fisonomía de la melancolía, varias tardes de verano sin compañía, y a la necesidad que muchas veces tiene el ser humano de esconderse para no encontrarse, ni siquiera a sí mismo.

Mi auto, él y yo, nos encontramos atrapados en el bucle de esta canción, y en su rostro de gato, franco y aprensivo. Porque él tenía la mirada de un felino que merodeaba la ciudad en busca de la luna. Su pelo era suave y límpido, como las nubes extraviadas que están lejos de casa —aunque en realidad nunca hayan tenido un hogar—. Su sonrisa también era nómada, sí, al igual que los felinos y las nubes. Ahora que lo esbozaba de manera apresurada, todo él tenía ese semblante escurridizo y evasivo, ¿de qué?, de todo y nada, quizás de los cuerpos sin alma que pueblan la Tierra.

A decir verdad, parecía estar necesitando un lugar entre los muertos, una tierra ennegrecida por el peso de la vida, como si necesitara resguardarse entre fósiles para contagiarse de su desolación y así no llorar cada vez que un deseo suyo muriera al amanecer; como si la hondura de todo aquello que humanamente es imposible se igualara a la profundidad y lejanía de la prehistoria, o de lo que guarda. Esconderse y abandonar. Sé.  Esconderse y dejar. Sé. El rostro del hombre dibujado delante del retrovisor, me significó la huida del mundo en un solo parpadeo.

Fuera del auto, se encaminaba un atardecer como nunca habría otro en la historia, o como quizás haya infinidad en la historia, y preferí huir detrás de ese gato gris que me invitó a morir esa noche, tan luego se pusiera el semáforo en verde.