Perro errante

Escrituras de paso en un mundo inestable


FACEBOOK Y LA CULTURA DEL EXCESO: MÁS ALLÁ DEL BARROCO

Lo confieso, alguna vez fui tan adicta a las redes sociales, especialmente de Facebook, como Maradona lo fue de la cocaína (digo fue, porque en una entrevista declaró que siempre lo sería, pero me abstengo de hacer afirmaciones de un futuro donde nadie tienen cabida, y hasta donde se sabe, actualmente ya no aguanta tantos pericazos como en los tiempos donde Dios era su pastor y nada le faltaba). Sin embargo, el astro argentino consumía una sustancia de la cual podía ufanarse, dada la restringida permisibilidad fuera de los usos médicos que este alcaloide ha tenido desde comienzos del siglo XX (la cláusula vino después de que nos notificaran que no eran tan mala, siempre y cuando se nos vendiera con una etiqueta roja avalada por Santa Claus). Contrario a ello, la necesidad de mirar por tiempo indeterminado un muro de Facebook, Instagram o cualquier otra página donde la impresión de quiénes somos se maneje como valor de cambio, tiene una permisividad perversa, prodigiosa y utópica.

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Imagen tomada de Mendozapost.com

Manifiesto que, como una víctima más de la posmodernidad, caí en las redes de ese soma perfeccionado que Huxley llegó a imaginar tras entablar un diálogo con los posibles demonios que la propia humanidad inevitablemente llegaría a gestar. No obstante, y aún con una postura victimaria, mi inocencia no me exime de la inminente apostasía hacia la realidad inmediata con que actué.

Después de una prolongada rehabilitación sugerida por mi alter ego, quien después de leer a Diógenes, Foucault, Camus y Sartori, supo qué hacer al respecto, pude salir de tan confuso y alienante infierno, no sin antes tomar nota de cada malestar que una persona puede padecer después de verse inmiscuida en esa condición de hedonismo anquilosado y dependiente de un determinado número de vistas, likes y seguidores.

Hasta este punto debo aclarar que mi malestar devino únicamente de ese lado espectacular que Guy Debord percibe en La sociedad del espectáculo, y que toda red social guarda como trasfondo y motivo de éxito: la autoemancipación de la realidad como primera (y a veces última) intención del ser social contemporáneo. Hago mención de ello porque el proyecto de los programadores de la realidad virtual que actualmente absorbe la existencia de millones de conciencias, ha tomado rumbos que pervierten, de manera positiva, esa ominosa intencionalidad: el sólo hecho de tener un rol activo y muchas veces efectivo como medio de comunicación y organización entre dos o más actores sociales es ya bastante (pese a que al ser denominadas «redes sociales», deba ser ése su primer propósito).

Hecha la aclaración anterior, diré que tras una temporada de mantenerme al margen (tres años aproximadamente, lo cual, siendo yo una millenial declarada, es bastante tiempo), decidí darle una oportunidad más a las redes sociales como medio prioritario para el intercambio de información, impresiones, bienes y servicios, más lo primero que lo último. Debo remarcar que mientras «me aislé en la realidad inmediata», tuve la impresión de que todos los demás lo hacían también; que Facebook había dejado de ser ese ojo que todo lo ve y que en Twitter el parloteo de muchos loros con grilletes había menguado de manera alarmante. Vaya supuesto extraviado. Pensé entonces que Ptolomeo había sido demasiado afortunado al morir antes de enterarse que la teoría geocéntrica que había ayudado a concretar con ayuda de los aportes babilónicos, estaba errada.

No. Nada había menguado; de hecho había comenzado a forjarse aquella experiencia virtual (y no tan virtual) que ya me había imaginado tras leer “De la multitarea”, una de las loables disertaciones que Zygmunt Bauman escribió en su obra Esto no es un diario; experiencia que a estas alturas superaba con mucho mi estimación sobre el inconmensurable repliegue de imágenes y tareas que una persona es capaz de abarcar.

En su ensayo, Bauman aborda uno de los principales problemas resueltos por la industria del marketing: alargar el tiempo más allá de sus límites naturales para contener un mayor número de actividades, y de esta manera poder consumir más, ¿más qué? Más todo. Para 2010 esto ya era una realidad, y se había conseguido de una manera sencilla: despertar múltiples placeres al mismo tiempo, al fin y al cabo, ni uno ni otro abarcarían la totalidad de la conciencia:

Se trataba de algo fácil de hacer: cada uno de los artículos consumidos implicaba órganos distintos del cuerpo y despertaba placeres sensoriales diversos; ninguno de esos productos exigía una concentración mental plena e íntegra y podía consumirse simultáneamente, porque el consumo de uno de ellos sólo restaba una fracción ínfima de la intensidad del placer del consumo de otro (el deleite sensual total era quizás un poco menor que la suma de los placeres que cada uno de los bienes consumidos podía llegar a ofrecer por sí solo, cada uno en su momento, pero no había tiempo suficiente que hiciera posible ese consumo por separado). (Bauman, 2010).

Así es, uno de los mercados, si no es que el único que pudo explotar esta idea, fue el de los aparatos electrónicos. Quienes más facilidad y apertura tenían para desarrollar esta ideal forma de consumo era precisamente la actual generación de jóvenes entre dieciséis y veinticuatro años, quienes rápidamente supieron cómo meter 9.5 horas en poco más de 6.5 horas (leer, mientras revisan sus redes sociales, escuchan música y comen). No obstante, también las personas de mayor edad comenzaron a adecuarse y a verse inmiscuidas en esta vorágine de tareas múltiples, principalmente aquellas relacionadas con un trabajo mediático, tal como Krishnan Guru-Murthy, presentador de noticias y adicto a los mass media:

Desde las seis y media de la mañana, Guru-Murthy se prepara para afrontar su jornada laboral acompañado de la televisión matutina, Radio 4 y diversos sitios web de noticias que consulta en su ordenador, al tiempo que «toquetea un iPhone o un Blackberry para recibir sus notificaciones de Twitter» Va con sus auriculares al gimnasio y ve «un poco la tele» mientras ejercita en la cinta de caminar. En la mesa de su despacho tiene dos ordenadores permanentemente encendidos: uno como área de trabaji; el otro, para seguir las noticias de la tele y para «tuitear». En el camino de vuelta a casa, Guru-Murthy consulta las respuestas más recientes que sus programas han suscitado en Twitter. No es hasta las nueve menos cuarto de la noche cuando se toma por fin (y no necesariamente todos los días) «una hora aproximadamente sin medios». «Pero si mi hijo de cinco años no se ha agenciado el iPad, lo uso yo para consultar cuáles serán las portadas de los diarios del día siguiente antes de meterme en la cama». (Bauman, 2010).

Siete años después, imagino que la lectura de una rutina como la de Guru-Murthy no impacta ni deja exhausto a la mayoría de personas que cuentan con al menos un celular. La seducción de poder manipular el tiempo y estirarlo más allá de lo inmediato, sobrepasando la simpleza de su concepción en bruto, es imperiosa, lo que nos conduce a la adaptación contemporánea de una rutina de profusión y saturación: estirar el tiempo para abarcar una cantidad «considerable» de actividades que nos devuelvan la sensación de «haber vivido y aprovechado de una manera eficiente y eficaz nuestro tiempo»; si añadimos a ello la conexión casi permanente a una red virtual, nos aborda la idea de ser sujetos vigentes en el espacio y el tiempo, sin margen para un hueco que nos aísle del resto de la población. Tal es el camino, que desde ya, vislumbra la idea de un ser completo, lleno. Y sí, demasiado lleno.

De esta manera, el síntoma de malestar que desde hace días permanece de modo casi constante en mi experiencia del mundo es provocado por la saturación y el exceso en muchas «vidas» que me rodean. La focalización de tal fenómeno probablemente surgió de una cantidad considerable de horas que últimamente he pasado frente al monitor, desde el cual me he dedicado a vigilar los movimientos de cada usuario e internauta que mantiene algún vínculo conmigo. De esta manera, he preferido no ser la protagonista, sino la espectadora de una película que, a manera de La gran comilona de Marco Ferreri, lleva a los personajes principales a morir y renacer con cada acto de fruición y profusión.

Ante tal espectáculo, permanezco en silencio sentada al borde de mi asiento, pero con la sensación de estar en medio de una gran urbe que me inunda (experiencia hiperrealista que por cierto pretende ofrecer el cine desde hace años con las salas 4D), y que a ratos me arrastra hacia otra más grande, pero encapsulada, llena de ruido y algarabía, hasta el grado de hacerme sentir una usuaria del metro de la CDMX en hora pico: apretujada y sin escapatoria.

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Imagen tomada de Megalopolis.com

Esta ciudad del exceso se ha erigido en mayor medida, y no a cuenta gotas, en la mayoría de los muros de aquellos usuarios activos de la red, o al menos de aquellos que tienen una vida virtual, hablo específicamente de redes sociales como Facebook, Twitter e Instagram. No es ya la imagen, sino las imágenes; no es el yo, sino las toneladas de yoes que han fecundando un vocinglerío en la red; no es ya la tarea, sino la multitarea que, además de todo, asombrosamente siempre deja minutos para realizar una actividad más, como ver otro video de Youtube o 5 minutos más para revisar memes.

Esta situación que por excesiva, llega a ser absurda, bien podría ejemplificarse con el muro de Facebook de un adolescente promedio mexicano: el 90% de sus publicaciones y las de sus «amigos» con una edad menor a los 18 años la conforman memes, videos graciosos, frases de superación personal y, en última instancia, selfies. Este dato no es fidedigno, no totalmente, puesto que lo he tomado de una experiencia tan cercana como la mía.

Resulta que recién reanudé mis labores como docente de Educación Media Superior. Como es de conocimiento público, el actual modelo por competencias (modelo que por cierto considera que la única diferencia entre un joven sueco, un argentino y un mexicano es el color) exige el «uso de las tecnologías de la información y la comunicación para investigar, resolver problemas, producir materiales y transmitir información». Para fomentar dichas «competencias», he creado varios grupos en Facebook para cumplir con dos objetivos: el intercambio de información relacionada con el arte y la producción literaria. Hasta el momento, los resultados han sido medianamente buenos, dadas las variaciones existentes entre el perfil de un grupo y otro. Lo que me interesa señalar es que mi muro se transformó casi completamente de un día para otro (tengo aproximadamente 100 contactos más): pasó de ser un muro Millenial (ya saben, memes, chistes literarios, alguno que otro artículo interesante, comentarios sobre noticias de actualidad, historiales de embarazos y unas cuantas selfies de niños de cinco años), a uno iGen (memes, mofas, más memes, selfies, más selfies, opiniones y juicios de valor, videos sobre memes y memes sobre videos, ¡ah¡, y si otro tipo de publicación se me está escapando, seguramente es porque no tuvo relevancia en la comunidad virtual para la cual iba dirigido). Para mí, este hecho ha sido el más revelador de las últimas semanas: me ha permitido ser una espía de las formas de comunicación que entablan entre ellos y, obviamente, sirve como muestreo de toda una generación.

Entre toda esta vorágine de publicaciones de treintañeros y adolescentes, lo que por ahora hace palidecer mis esperanzas de un paisaje virtual menos barroco, es la periodicidad con la que debo actualizar mi muro, si es que ya he permanecido más de un minuto sin haber oprimido un botón.

En este punto, viene a mi mente una de las escenas del film que David Fincher dirigió en el 2010, “The social Network, donde Sean Parker (interpretado por la estrella pop Justin Timberlake) habla con gran asombro sobre su necesidad de revisar varias veces al día su cuenta de Facebook. Lo verdaderamente asombroso aquí es que ese pequeño número de veces al cual se refería suena tan ridículo como pensar que la cultura de lo hiperreal, la sociedad del espectáculo de Guy Debord o el homo videns de Sartori van en declive.

Hoy, no es extraño que un usuario promedio haya efectuado 15 o más publicaciones en una hora. Sí, es demasiado, pero nunca es demasiado, y mucho menos, suficiente. Enseguida, llega a mí la sensación de inexistencia y vacuidad que muchos deben sentir al ausentarse por lo menos un día de la red: es un dejar de promocionarse a sí mismos; de abandonar ese proyecto identitario cuyas cimientes están en el abarrotamiento de una pantalla; es la explicación de una inexistencia y una fecha de caducidad que ha llegado a su límite; la urgencia de volver a figurar en el mapa.

¿Qué publicar? No importa qué, importa cuándo y, principalmente, cuánto: en su mayoría imágenes, con o sin palabras, luego fotografías del sí mismo;  algunos artículos, noticias e investigaciones que nadie lee, y un sinfín de información que pasa por basura visual o auditiva, pero ¿a quién le importa?

En Twitter, la red social favorita de personas cuyas opiniones son intrascendentes en el resto de las redes sociales (estoy incluida en este sector), me siento igualmente aturdida, sobre todo por un número excesivo de tuits basura que escriben quienes tienen una cuenta de Facebook muy activa: me refiero a tuits que se desprenden de muchos temas tendencia que promocionan el producto o la ideología de una empresa trasnacional, incluyendo las televisoras. De no ser así, son creados por adultos necios con problemas de identidad, colocando hashtags como #MexicanosSimios o #Hazmeelparo. De tales casos surge el síndrome de abstención en muchos usuarios que evitan a toda costa salir de su timeline.

No deseo extender más el tema dirigiéndome a plataformas de música y videos como Spotify o YouTube, donde la politización de la industria musical se ha mostrado como un arma de doble filo: extender las propuestas hasta la anulación de todas ellas, puesto que de ser bastantes, el oyente termina por abandonar la búsqueda de esas nuevas propuestas y se queda con lo primero que el propio Spotify o YouTube le sugiere.

Tras ser testigo de este fenómeno mediático, una pregunta asalta mi mente, ¿aún Facebook será una red social? Por supuesto que, siguiendo en estricto sentido la definición que se da a una “red social”, lo es; sin embargo, tengo el ligero presentimiento de que las relaciones sociales y de comunicación que antaño podían entablarse en esta red (ya no digamos comunidad, porque nunca lo ha sido), ya han sido socavadas por el acto mecánico y obligatorio de compartir todo a toda hora sin esperar respuesta alguna, no al menos una respuesta tangible y completa (inclusive un diálogo), sino una reacción o like que ya engloba varias interpretaciones (hay que recordar que estamos en la era de las multitareas), las cuales al final no importan en sí.

Entonces, ¿realmente se comparten imágenes, ideas, textos, lecturas del mundo? O sólo se colocan objetos risibles o curiosos que, como están etiquetados con algún nombre, hacen existir al sujeto que los publica. O, ¿sólo es el tedio y la necesidad de llenar el tiempo a toda costa, de usarlo, aunque sea a través de la procrastinación? De ser así, la mayoría de lo que vemos en las redes ha sido colocado indiscriminadamente, sólo como testigo de un sujeto que está «ocupado» matando el tiempo.

La siguiente idea se mantiene de pie y con esperanza en mis supuestos: la mayoría de las personas conectadas a una red ha sentido una necesidad urgente de vacuidad, de salirse de todo ese abigarramiento que atosiga, de abandonar la aldea virtual.

Soy consciente de que la realidad virtual ya es una extensión más de todo sujeto que pertenece a una sociedad globalizada como la nuestra; así que decido ser yo quien deserte, al menos una vez por semana. Crear una especie de resguardo donde no me alcancen a tocar todas esas toneladas de likes, emojis, memes, ruido y palabrería que desde hace tiempo han permitido que se olvide lo bien que se puede estar, también, en la desconexión total.

He comenzado ya: tiré mi móvil hace un par de semanas.



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