Perro errante

Escrituras de paso en un mundo inestable


COTIDIANIDAD AVERIADA

Anoche soñé con la mujer que fui un día antes de conocerte. Ella, vacía y nueva, me dijo:

«Sal de ahí y observa la entrada de tu casa. Después de tantos días de corretear su espalda, se te ha olvidado barrer y cortar las malas hierbas; éstas han crecido sin reparo, y ahora las flores ya no se ven desde la carretera. Como si hubieran transcurrido veinte años, los colores que iluminaban sus paredes han imitado las tantas promesas vagabundas, los hartos planes interrumpidos, los inconmensurables deseos frustrados. Lo peor es que dejaste que se anidaran en las cornisas todas las inseguridades que pueden caber en los días venideros.

Desde fuera, las cortinas revelan suciedad y cansancio, es comprensible después de que vigilaste tanto tiempo su primera visita sincera. Sin embargo, jamás llegó y ahora debes lavarlas, plancharlas y limpiarles la culpa.

Voltea y mira cómo ha quedado tu habitación: circundada por el mismo caos que atormenta las conciencias encarceladas. Varias libretas que llenaste con palabras que intentaban imitar el amor están tendidas en medio de la alcoba; tu cama sin hacer, permanece cual objeto testimonial de dos ausencias; debajo de ella, basura y sueños; unas cuantas migajas de pan y restos de fruta cerca de una lámpara. Sé que por las noches la recorres e intentas recoger todas las palabras esparcidas durante esas noches de antaño que tanto añoras. No más. Cuando amanezca, quiero ver cómo limpias tu nombre ahí dentro.

También tu tejado se ha resquebrajado. Te vi muchas noches contemplarlo, acostada, queriendo que la mirada inquietante y estremecedora de ese hombre rompiera toda limitante, que por un instante, te alcanzara a tocar ese deseo que siempre se veía venir desde la parte masculina de la luna. Esos deseos terminaron por agrietarlo, tanto, que últimamente los rayos lunares que por fin lograron llegar a ti, te ponen a llorar; triste, iluminada y cobijada por el lamento de los perros y la incertidumbre de no saber si volverá a amanecer.

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Sunrise, sunset hold your sadness like a puppet, by IsisPina

Debes reparar esa silla en la que últimamente te has sentado a esperar. Tantas noches, una tras otra, te ha servido para contemplar quietamente la llegada de la noche y, con ella, puñados de deseos y expectativas que crecieron tan hondamente en ti, como el tiempo lo hace en medio de la noche para germinar un próximo amanecer. Date cuenta, está vieja y maltrecha, ya no te servirá para vigilar la llegada de las aves otoñales, ni mucho menos para ver retornar esos cantos nocturnos de primavera, de amor.

Sugiero que también repares esa bicicleta vieja que tiraste en el patio. Recuerdo tus viajes vespertinos hacia el sol, donde las hormigas y tú perseguían aquello que él te contaba por las noches, antes de dormir; era la venida de un Dios mucho menos humano, menos parecido al amor. Y perseguías su advenimiento con la misma convicción que esperabas la noche para volver a imaginar cómo debía ser esa llegada. La bicicleta terminó por averiarse, y nunca encontraste otra cosa que no fuera otro amanecer lleno de incertidumbre.

Mira tus zapatos, de tanto seguir tus sombras, se han hecho viejos hasta romperse. Cierto, te llevaron por carreteras interminables que ardían bajo el sol, por senderos bordeados de maíz a punto de espigar, por calles donde los rostros esperanzados eran incontables, por avenidas cuyos nombres declaraban por fin la independencia de los pueblos. Pero míralos yacer bajo tu cama, solitarios y esclavos de la tierra que se adhirió a ellos, hasta hacerlos parecer de otra época y de otra dueña. Ya no pueden usarse más, ni puedes exigirles más, te han cumplido después de todo, pues junto a ellos ha muerto la continuidad de todos los parques y los caminos que día a día te llevaron a saborear el mejor de sus fantasmas.

Te pido que tires ese peine con el que hacías florecer tu cabello, para que éste pudiera reverberar las muchas canciones que le dedicaste, para que le fuera posible ondearse al ritmo de la respiración del mediodía, para que pudiera simular la primavera. De tanto pasarlo por tu pelo, se ve cansado, triste y viejo. Tíralo a la basura y deja que repose junto a los sonidos del adiós.

Te exijo que repares las nubes espesas, el sol que se marcha, la luna que se queda. Pero sobre todo, te suplico que repares en ti…

Te corresponde sólo a ti arreglar todo eso que destruiste mientras te convertías en él.»

 

 



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