Perro errante

Escrituras de paso en un mundo inestable


ENTRE TANTO

Hoy me he levantado tarde y no he visto desaparecer la neblina; la tibieza de la madrugada y el toque helado del amanecer ya serán para mañana. Además, últimamente no me gusta ver el pasto seco combinado con los destellos herrumbrosos del sol saliente, desde hace tiempo me hacen ver todo en tono sepia.

Salí de la cama a las diez de la mañana, quizás antes, tal vez media hora después. Estaba viendo unos videos en YouTube, no recuerdo sobre qué, era tanto el estupor, o las ganas de no levantarme jamás.

A las cinco con cinco de la mañana soñé algo. ¿Cuánto duran los sueños? Bueno, me hizo despertar de golpe. O fue el despertador, que sonaba y sonaba, haciendo aparecer una tormenta en mi inconsciente. Abrí los ojos apenas para apagarlo. Seis por ciento de batería. Escuché Va cayendo una lágrima, interpretada por los Baby’s y Paco Familiar, qué se puede escuchar a las cinco con cinco de la mañana. En realidad, no sé si primero pensé en la canción o primero en él. Da igual.

Puse la canción mientras recordé el día en que Marina se puso tan mal, era 31 de octubre, creo. Recién acabábamos de comprar flores amarillas, de esas que huelen a muerto; algunos panes con las mismas figuras y un montón de chocolates con caras. Ella huyó de nosotros mientras comprábamos estas cosas en un tianguis, luego la reportó una policía que la encontró causando disturbios afuera de una ferretería.

¡Cuál carajo era su problema!

Luego de que nos la entregaron, subimos al auto mientras lloraba y reía. No pude con eso. Salí del coche, les dije que no me buscaran y tomé un autobús para Cuernavaca.

Llegué al centro comercial más o menos tarde: las cinco con cinco de la tarde. Pensé que sería bueno comer algo y luego ir a un hotel para dormir sin temor a ser acuchillada por mi propia hermana.

En la esquina del centro comercial venden comida corrida, nunca había consumido algo ahí, pero esta sería la primera vez. Pedí algo de pollo y sopa. Los Baby’s musicalizaron el momento, mientras comía e intentaba tranquilizarme, mientras no sabía que una de las canciones pronosticaba lo que sobrevendría unos días después, un mundo que no conocía, “llamado tristeza y soledad”.

Para ese momento yo ya no era la misma, y él lo sabía, por eso me evitaba. Poco a poco dejaba de escribirme, lentamente… huía lentamente, hasta que un día por fin decidiera dejarme del todo. Ahí sentada pensé en él mientras un joven llegó a pedir milanesas de pollo. Voltee a verlo esperando aterrizar en la realidad. Nada de magia, solo una persona más. Quizás en ese momento fue algo bueno, la cotidianidad que no despeina mientras pasa, era lo necesario.

Entre tanto, sonó «esa canción» de los Baby’s y entonces sí que se hizo presente. Lo recordé llorando en la Central de su Ciudad, mientras me despedía y mientras creía ciegamente que tres semanas después volveríamos a vernos. Quizás sus ojos ya veían venir la fatalidad de la separación, quizás por eso las lágrimas. Y lloré apenas, un poquito para que no se notara mi dolor, para que yo no lo notara.

Una lágrima cayó en mi sopa. Y recordé a mamá, y a mi hermana, y a mi familia que estaba toda destrozada y varada ahí, en medio de una tarde otoñal.

La sopa se enfrió y una sopa fría nunca es buena. Eso nunca lo advirtió mamá.

Tomé la servilleta de papel y me sequé esa lágrima que, de no desaparecer ahí mismo, podría convertirse en la marea que la vida parecía considerar que yo necesitaba; por un momento parecí desafiarla.

En un momento, escuché atentamente el final de la canción que nunca antes me había topado. Se acabó. Terminé rápidamente la comida; pagué con muchas monedas, pues llevaba el dinero que la escuela había juntado en apoyo a nuestra familia por la muerte de mamá.

Regresé a casa. No sé por qué. La sopa nunca debe comerse fría.

Días después busqué la canción y me pareció más bonita aún. Creo que la escuché acostada en la cama de mis padres, en la noche, cuando me mudé a su habitación porque me daba miedo dormir junto a ella.

La puse varias veces hasta que se apagó el celular. Ya no eran las cinco con cinco. Me levanté a cargarlo en la fuente de la sala. Ahí estaba mi amigo can, no tan apaciblemente dormido, sino con el temor de un perro abandonado. Mejor no lo vi, conecté el aparato y me volví a acostar, pero sin poder conciliar el sueño del todo. Antes de eso, me percaté de que no fue el despertador, ni ningún sueño el que había interrumpido mi descanso, sino Marina que ya se había ido a la escuela y mi padre había encendido el auto para llevarla.

Ahora todo parecía mejor y más tibio, la sopa ya no estaba fría. La cotidianidad que no despeina nada sobrevenía sobre la casa. Las sábanas y el cobertor que no te dejan levantar también.

Todo a medias: la casa, el perro, la abuela, los globos, el mes bien puesto ahí, en medio del año.

No vendría nadie hoy. Así que preferí seguir así, debajo de las sábanas.

No vendrá nadie hoy ni mañana. Es más, podría irse en cualquier momento el poco calor que siento durante la noche cuando volteo al cielo. Y podrían irse estos recuerdos tan vívidos cualquier día del año, cuando llegue el verano y las tibiezas no sean cosa de hoy. Poco a poco se me olvidará esa pesadumbre con que comí la sopa aquel día, y olvidaré también las caras que la acompañaban.

Ahora no distingo bien mi silueta, y no me siento bien, todo me parece lo mismo y mi insomnio tiene sueño.

De pronto, me dio asco la humanidad, mi humanidad, así como así. Pensé cómo la canción, tan simple, tenía tanta razón cuando decía que cuando le das amor a la vida, paga con dolor. No se me hizo justo. No lo era.

Y quiero justicia. Dos días felices no pueden desencadenar días donde solo se quiere estar bajo la cama, escondiéndose de la vida, o, peor aún, aborreciendo la luz que siempre traen los días futuros.

No me levanté. Pensé que había sido muy feliz en cierta época. Y que los días felices nunca regresarán, no con la misma fuerza, no con el sabor de la misma sopa.

Supe que los días felices son realmente pocos. Y que días así jamás volvería a vivirlos, porque así es esto, y la vida ya me los había dado, qué más podía pedir, ¿un poco más? ¿Estoy dispuesta a pagar con un montón de días grises?, ¿con todo el resto de días grises que me quedan por vivir? Quizás no estoy dispuesta a hacerlo, quizás quiero quedarme en cama hasta que amanezca. Jamás volveré a despegarme de acá. Está bien.

Dormiré hasta que la abuela venga a decirme que ya se va, y mi perro me ofrezca su pata para amortiguar el dolor.

Creo que ya pasan de las diez.



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