Perro errante

Escrituras de paso en un mundo inestable


JUEGOS DE AZAR

A diario dejamos de creer en cosas, en personas, en fenómenos; luego, comenzamos en ese mismo momento a creer en otras. Nunca dejamos de jugar con las verdades que pueden fijarnos en un punto o movilizarnos a través de una línea recta que le da la vuelta al mundo hasta llegar al punto inicial.

Tomado de: https://www.eneroarquitectura.com/la-importancia-del-no-lugar/

Nuestra vida representada en puntos y líneas, en líneas y puntos.

Según la física clásica, nuestras vidas puestas a manera de trayectorias, están destinadas, no hay azar. Son un sistema donde cada partícula ya está fijada; este es el mecanismo del universo, donde la trayectoria que siguen nuestros átomos ya está predestinada.

Por otro lado, la física cuántica nos dice que el sistema es sensible, muy sensible,  y que no, nuestra trayectoria no tiene un destino asegurado: no hay un recorrido único, quizás uno sea más probable que otro, sí, pero lo que hay es un NO destino. En este caso, nuestros puntos se colocan con cierta aleatoriedad, y nuestros caminos pueden seguir varias direcciones a la vez, siendo unos más probables que otros.

De cualquier manera, nadie tiene la certeza de ese único o probable trayecto; el universo es rebelde, y por muchas variables que se conozcan, nunca se puede predecir con total precisión qué es lo que pasará en un futuro.

Quizás, una vez finalizada nuestra existencia, sería posible esbozar el camino por el cual nuestras ideas y decisiones nos fueron llevando a nuestro lecho de muerte, ya sea estrellados en una cuneta o cubiertos con una sábana blanca, en medio de lo que fue nuestra habitación durante más de cincuenta años.

Esa tarea la tendría que realizar alguien que estuviera al pendiente de nuestra vida, y nadie nunca está tan al pendiente de lo que hacemos  ̶ aunque la sociología de la contemporaneidad diga lo contrario ̶ , sino únicamente nosotros mismos.

Nuestro NO destino está colocado a manera de piezas de ajedrez en un tablero sin fin, donde la estrategia es patente, y las probabilidades de que funcione como nosotros queremos quizás también sea de cierto modo visible, hasta ahí las predicciones.

A veces, se nos ha ocurrido mirar atrás, viendo las piezas que movimos, o que hicimos retornar. Las cosas en las que creímos o dejamos de creer ofrecen algunas pistas de las trayectorias que nos han traído hasta el día de hoy.

Así que, un día el catolicismo dejó de guiar nuestra fe, porque sentimos que limitaba mucho la idea que teníamos de un Dios. Y la persona que fuimos comenzó a afiliarse a ciertas ideas y ser detractora de otras tantas.

Podría hacer una lista de ideas que alguna vez pudimos haber tenido, rodando de aquí para allá, siendo de todo y sin medida, como cantaba José José, al menos ideológicamente hablando. Me parece curioso ver cómo las posturas del individuo contemporáneo promedio parecen estar dentro de un juego de azar, donde su voluntad toma su turno dentro de un sistema caótico que tiene las mismas oportunidades en la reglamentación de este aparato lúdico.

Por ejemplo, un día me doy cuenta, acaso con todas las pruebas irrefutables, que ya creí todo eso de que la tierra era redonda, que giramos alrededor del sol y que los días están compuestos únicamente de noches y de días.

Ya me creí todas las teorías del color y de por qué la oscuridad algún día se tragará toda la luz.

Estuve a favor del aborto libre, pensando que los hombres nada tenían que ver con todo este asunto y que únicamente las mujeres podían decidir sobre lo que viviera o muriera dentro de ellas. Otras veces imaginé que el feto tenía conciencia y que las personas debíamos hacernos responsables de nuestras decisiones, que no somos una isla y que el aborto, al ser un acto moral, no era un tema de elección individual, sino social.

Me creí los discursos de poder, de paz y de humildad.  Creí en la ONU, en el Apocalipsis y en el ayuno.

También creí que siendo atea podía liberarme de los yugos ideológicos que me había impuesto una religión desde mi niñez y que de hacerlo, sería una mejor persona.

Me he creído que hay líneas divisorias que deben desaparecer, porque estorban para crear una unidad, porque esa unidad seguramente traerá la paz. Si no fuésemos humanos.

Me he creído que las antenas sobre los techos de mi pueblo, los satélites artificiales y un certificado de Excel son el progreso que le hacía falta a mi sociedad, y que éste viene cargado de simplificaciones y complicaciones a la vida cotidiana, solo de eso. Hacerlo más fácil o más difícil, para entretenernos resolviendo lo inimaginable o liberando tiempo para volvernos entes multitareas cuya memoria RAM debe ser liberada constantemente.

Me he creído eso de tener gadgets porque sí, contabilizar mis pasos, beber en vasos con mi nombre, que me parezcan bonitos los tenis del de junto, que las botas que no necesito sean las ideales para el vestido que recién compré.

Me he creído que puedo opinar sobre todo, pero no admitir este mismo acto en otro. Me he creído que únicamente yo soy dueña de mis actos y que la sociedad vive al margen de mis decisiones. Me he creído que nadie tiene que ver con nadie, a menos que seamos amigos en Facebook.

Creí también que los festivales que incluían a tipos punks y rotulados estaban fuera del sistema; y que todo aquel que tuviera cabida en los monopolios televisivos, era uno puto fascista.

Que todos los documentos del mundo darían testimonio de lo que fue nuestra especie en un momento especifico de la historia, o que los libros fungían como palomas mensajeras de los Dioses,  de los hombres, de este tiempo y de otros tantos.

Ya me creí el Quijote, Sancho Panza, y también Dulcinea. Me he creído Altazor, Hamlet y Ana Karenina.

Creí que debía dar la vuelta al mundo para no sentirme varada, para conocer la vida. Y también me creí eso de que desde casa podía conocer el mundo sin dar un paso más allá de mi puerta, de mis umbrales.

Me he creído eso de que todo fluye e influye.

Me he creído que debo llevar en orden mi vida, con un plan bien definido, sin titubeos para conseguir lo que yo quiero, sin limitantes que me hagan borrar cada paso que doy, así llegue un momento en el que deba regresar a la semilla.

Me he creído las calificaciones que están plasmadas en mi boleta de calificaciones de la primaria, de la secundaria y del bachillerato. Que esos números fueron lo que hicieron efectivo mi acceso a la universidad.

Me he creído las palabras del sinodal que me dio el visto bueno para darme un título universitario, y el discurso de mi profesora cuando dijo que los jóvenes siempre hemos sido prioridad.

Y también me he creído que solo una institución puede validar quién soy y quién he dejado de ser, sólo una institución puede homogeneizarme hasta volverme parte de, para poder funcionar, para ser funcional.

Creí que la academia me daba a leer a los mejores, y también que la academia me daba a leer únicamente a los escritores que delinearan una forma de pensar sistémica y monopolizadora.

Creí que quien ganaba el premio era el mejor. Que todos querían un premio, que todos ls merecían. Que todos lo anhelaban en alguna parte de su vida.

Creí que siempre debía subir, y que bajar nunca era sinónimo de estar viviendo la buena vida.

Creí que era lo mismo la buena vida que la vida buena.

También ya me creí eso de pertenecer a una generación o de creer que son los publicistas quienes me incluyen en alguna.

Me creí las fotografías que mis excompañeras de la universidad subieron a las redes sociales, mostrando cómo el éxito personal, social y profesional estaba al alcance de sus deseos, y de sus filtros reales y virtuales. Y, obviamente, de su habilidad para sonreír ante la tormenta.

Creí que los amigos eran los que siempre estaban en las buenas y en las malas, que no hay malas rachas para la amistad, que no hay condiciones para un esquema que también fue dibujado a la luz de un aparato de poder.

Me he creído eso de las subidas y bajadas en una montaña rusa como metáfora de las etapas más complicadas y felices de nuestra vida.

Creí, seguramente en la adolescencia, más que en otra época, que el amor era sentir bonito: soñar despierto. Y algo tenía de cierto. Todas las formas de amar eran certeras para entonces, hasta que las junté todas y me di cuenta de que todas cojeaban, de que la unidad era la mayor utopía.

Me he creído eso del amor incondicional, que nunca pide ni exige, que nunca se da cuenta de nada. Y también alguna vez me creí eso de dar y recibir, un flujo constante.

Creí que estaba en lo cierto,  y creí que toda mi persona era falsa.

Me creí que era malo creerme todo. Y que era bueno creer en algo.  

Me he creído a pie juntillas que los lunes son para trabajar y los domingos para descansar.

Me he creído que mirar las nubes por más de diez minutos me hace una mediocre, romántica, pero mediocre. Porque no me quedará tiempo para revisar mi correo y entregar los papeleos del día siguiente.

Me he creído que el tiempo se nos va y no regresa en forma de rostros, de errores, de gestos.

Me he creído que el tiempo se nos acaba y únicamente se ocupa para cosas importantes como pagar cuentas, crearse una reputación y conseguir el cariño de la gente en un tiempo limitado.

Me he creído que los años pasan y nunca regresarán. Y que antes de morir debo hacer todo eso que está haciendo mi compañero de al lado.

Y me he creído que las penas nunca son permanentes.  Y que no hay mal que dure cien años. Y que necesito mi soledad para lavar mis culpas.

Me he creído que la soledad tiene un uso.

Me he creído que el amor tiene un uso.

Me he creído que la libertad tiene un uso.

Me he creído que en la vida todo sirve para vivir.

Y que para vivir necesito creer que tengo una vida.

Me he creído tantas cosas.

Y me he desengañado de tantas otras.

Un lunes por la mañana o un domingo a mediodía, también creeré que puedo dejar de creer.

Alguna vez no sabré por fin dónde estoy parada y me limitaré a guardar silencio y moverme entre los no lugares.



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