Perro errante

Escrituras de paso en un mundo inestable


Hombre

Naciste en la cuna del eterno presente,
y, sin embargo,
al aprisco también le sobrevendrá el amanecer.
Y, siendo más grande ya,
la multitud te hará entender la existencia de tu noche.

Te enviarán para glorificar lo perpetuo
y por ello te volverás hombre.
Y te alcanzarán las cacerías antiguas,
y vendrá Eva a probar tu carne y tu sangre
y luego Cronos te traerá al día siguiente
y te colocará sobre un trono de arena
en medio de la pálida aridez con que transcurre el tiempo.

Sin poseer nada,
te abandonarás al pálido lapso de un mar interminable,
y comerás tus quemaduras hasta que aprendas a pescar.
Pero en ningún tiempo el pez morirá en tu red;
él vivirá hasta alcanzar la verdadera inmortalidad que te fue negada,
hasta que sea él quien te engulla las entrañas
y te construyas ahí dentro la prisión atemporal en que naciste.

Permanecerás dentro hasta que tus ansias por salir sean expulsadas,
y cuando llegue la hora de abrir la puerta,
te esperará la vista de todo lo que nuevamente conducirá a tu eterno presente:
ribera sin madre,
barca mojada,
mantos desterrados,
un azote de mediodía.

Y llegarás a un mal puerto,
y tendrás que enfrentar las manecillas aguijonadas de los árboles sin flor,
y seguirás en medio de la noche el único camino que te aterra.
Llegará entonces la hora de repartir como bocado aquello que no te robó Adán;
la hora de sacarte las entrañas socavadas, ya sin sangre,
ya sin el rocío del amanecer que te vio volver al mundo.
La hora de enfrentar las trampas debajo del mantel.

Te desconocerán cuando el alimento de su plato se termine,
tu vulnerabilidad se convertirá en la fruta de los cuervos,
y las palabras de agradecimiento serán promesas para un tiempo que ya fue.
Y vendrá a ti la amargura del saqueo:
ni una migaja,
ni una parra,
ni una piedra.

Tus amantes y tus amigos escaparán a otra villa, a otra mesa.
Con las sandalias puestas y sin lavar, ahí mismo,
retornarás a la sal, al azul que no termina nunca,
a esa morada que no resguarda.
Desde antes de intentar partir, y aunque huyas,
te alcanzará la tempestad que siempre golpea a las montañas sin nombre, sin valles,
y los caminos ya habrán desaparecido de la faz de la tierra.

Solo una vez en la vida te verás parado en ese umbral.
Solo un momento para quedarte quieto en tu no-lugar,
el verdadero, el anunciado once veces tres,
mientras las ovejas que contaste en tu primer sueño vengan a aprehenderte,
mientras dormías sobre la madera húmeda
cuando niño,
y percibiste por primera vez su ruido y su furia,

Ahí,
desterritorializado,
sintiendo por primera vez la levedad de tus deseos
de las expectativas,
entre el regresar o el avanzar,
condenado al pasado y al futuro
te sabrás humano.

Entonces harás pendular tu alma
y te acercarás a lo sagrado,
y regresarás a lo profano.
En la ida lavarás los pies de la amante y el amigo que te van a delatar,
cuando regreses coronarás el fracaso del hombre eterno,
y crucificarás las manos que adoraron lo prohibido,
y expirarás hasta sentir el último chasquido venido de tu padre.



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