Perro errante

Escrituras de paso en un mundo inestable


Mañanas con nombre

Hay épocas en nuestra vida llenas de rostros y nombres que, tras abrir los ojos, la luz de la mañana siempre nos harán recordarlos.

Tras apenas percibir que seguimos vivos y las sombras de nuestra habitación nos lo hacen saber, comenzamos a vislumbrar que la secuencia vivencial en la que estamos involucrados como protagonistas sigue ahí, aún no se ha ido. Es entonces cuando asiste a nosotros la imagen de aquello que no nos dejaba dormir la noche anterior, lo que abre nuestros sentidos a la vida, la muerte y lo que está de por medio.

Lo más probable es que sea un rostro, o el esbozo de ese rostro que aún no queda bien grabado en nuestra memoria, pero pertenece a alguien. Una persona que nos hace esperar, sentir la intensidad de los deseos por existir; personaje capaz de conseguir las lágrimas y las risas que habitan en lo más hondo de nuestro corazón; otredades que aterrizan en nuestra mente combinaciones distorsionadas de guerra y paz, de ruido y furia, de ataque y huída.

Despertar con un rostro como sustituto de la cara descubierta de la luna, esa que apenas nos muestra un tímido Sinus Iridum.

Qué delirantes días en que todo representa la venida de las buenas nuevas que en algún libro están señaladas como días de gloria y beneplácito. Qué miserables días que se muestran como ocasos de juventud y oscuros pasajes que desembocan siempre en un campo sembrado el hastío y letargo.

Tras la aparición, ocurre que nuestro día ya ha sido sentenciado por las mareas faciales que danzan al ritmo de una oda, de una elegía o del himno revolucionario mejor compuesto. Las naciones enteras serían destruídas por verse libres de tan irruptoras imágenes que amalgaman la obsesión que mueve al mundo.

Nos levantamos sabiendo que el día ya está marcado en el calendario y sí, tiene su nombre.



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