Perro errante

Escrituras de paso en un mundo inestable


Sobre la literatura y la escuela

De pequeña no me obligaban a leer. Al principio, de pronto ya estaban ahí las palabras, los símbolos y las imágenes, como puestas premeditadamente. Cada una de las letras de pronto significó en conjunto con las otras un montón de historias inventadas que, por su naturaleza ficticia, eran más valiosas aún. No eran parte de lo cotidiano, sino de muchas verdades más reales que mis propias circunstancias.

Después vino todo aquello que nunca en la vida podría vivir. La literatura me ofreció la posibilidad de ser alguien más, muchos más: una mujer sentada al borde de la carretera que mira todo el camino que ha recorrido durante un mes; un hombre que se ha quedado ciego en medio del tráfico; un joven que decide abandonar el oficio heredado y sale en busca de la verdad, primero en la oración, luego en el placer y finalmente a un lado de un río; de pronto soy monseur René que acaba de perder a su mejor amigo; al dar vuelta a la hoja ya soy el pequeño Benjamin que se ha percatado de que todo es oscuro, hace frío, está mojado, tiene miedo y está solo porque Cady se ha marchado; por la tarde soy Alonso Quijano y tengo la ilusión y las fuerzas para hacer visible lo invisible; y en el ocaso del día me siento como Christmas de camino al aserradero porque otra vez se ha dado cuenta de que nunca ha tenido dónde ir; soy Alicia y los espejos donde cae, soy el páramo donde Juan Preciado terminó de morir, y el espacio donde El Carajo nunca terminó de nacer; soy el tiempo que Castellanos imprimió en una casa de verano, la puerta por donde Gregorio Samsa imaginó salir. Me gusta saber que cuando leo a Whitman, leo a un hombre.

Creo que las letras me han dado la posibilidad de ir rellenando por cortos o infinitos lapsos de tiempo esos espacios que representan mi discontinuidad y mi encierro. Soy libre cuando leo, pero también me anclo a otras formas de pensar que deseo comprender, porque no son mías y aun así parecen construirse como perfectas torres de Babel.

La escuela brinda la misma posibilidad, quizá sin darse cuenta y sin que los motivos de su creación así lo hayan querido, que la literatura. La confrontación con el otro, el intercambio de ideas. Si es posible el descubrimiento del conocimiento a través de la lectura de un texto, la confrontación y la convivencia de ideas dentro de un aula tornan más interesante la adquisición del pensamiento. Dos ideas son buenas, más de tres son mejores.

Estaba pensando en lo fantástico que pudo haber sido tener verdaderas clases de literatura en el bachillerato. A decir verdad, nunca existieron tales cátedras. En teoría sí las hubo; la escuela a la cual asistía tenía dentro del plan de estudios varias materias relacionadas con el quehacer literario y las prácticas de lectura y redacción, sin embargo, el enfoque historicista y metódico que «debía» seguir la clase nunca permitió que se desarrollara un diálogo entre los lectores y los libros, entre los alumnos y los autores de tan intrigantes textos, un diálogo entre todos los que estábamos ahí para aprender, incluidas mis profesoras y profesores; el diálogo que necesariamente debía existir entre todos los sujetos que participan en el proceso de lectura, interpretación y goce de una obra literaria, incluyendo el texto, emergieron mínimamente.

¿Quién fue el responsable de tal situación? En realidad cada uno de los actores que intervienen en este proceso de recepción de la obra de arte literario (autor-texto-lector) tienen parte de responsabilidad, pero la manera en que se sigue considerando a la literatura dentro de los planes de estudio es un factor determinante para el surgimiento de un taller donde el placer y el aprendizaje significativo vayan de la mano. No obstante, también las prácticas sociales del adolescente contemporáneo curiosamente lo alejan y lo acercan vertiginosamente, convirtiendo su correspondencia con la cultura literaria en una relación de amor-odio.

Como docente puedo ver que la literatura y las artes han adoptado un rol ambiguo dentro de la sociedad actual. Por un lado, la obra de arte literaria no tiene la obligación de ser una ciencia ni de aportar conocimientos técnicos o útiles que sirvan para «algo» práctico dentro del circuito tecnificado que se ha vuelto la existencia humana, especialmente dentro de nuestro país; si bien, uno de los principales motivos por los cuales se creó el arte sigue teniendo un papel activo dentro de la vida: el goce y el placer; por otro lado, se aleja de los tantos aportes que refieren más el sentido reflexivo, crítico y de razonamiento que nos distingue como especie humana: el arte como fuente de conocimiento y comprensión del sí mismo y de la sociedad, como último testimonio de aquello que confirma al hombre como ser creador y modificador de la naturaleza.

En este sentido, todo el arte forma parte de los suburbios que rodean la gran metrópoli del progreso; la imagen funcional que puede poseer no rebasa la de ser una actividad que proporciona disfrute y conocimientos culturales, una actividad a la que es posible dedicar el tiempo que «sobra» al salir de trabajar o para relajarse después de un día ajetreado.

Pero hay otro punto de vista, el de la niña que fui y sigue interesada en la cara de la literatura más lúdica y asombrosa, como de quien sabe que las palabras siempre revelan lo que las personas callan cuando ya no saben qué decir.

12 de junio de 2016



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