
Un perro vino y comió.
Luego otro.
Se relamieron los bigotes dos cuadras antes de llegar al festín.
Sus patas arribaron con el paso ceremonial de la ambladura, sin alcanzar el trote, como si aplazaran el momento de llegar, sólo para despertar un poco más el hambre y la glotonería.
Diez perros convivieron esa noche, sin arrebatarse los trozos de carne, sin gruñir porque algún colega le hubiera arrebatado el hueso más grande. Hubo banquete para todos.
La mesa fue servida en el crepúsculo de un viernes.
Devoraron todos los cuerpos. Las partes jugosas y blandas primero; luego engulleron las piezas más corriosas, eran las mejores, pues mientras las despedazaban, sus sabores les penetraban hasta el cogote.
Sus patas no se oyeron danzar nunca, permanecieron siempre sentados; fue un ritual que honró las almas de los canes más hambrientos.
Una hora después, o poco más, comenzaron a irse, uno a uno, se llevaron alguna costilla o fémur, para seguir saboreando mientras soñaban.
La cena se había servido otra vez.
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