La rebeldía veinteañera.
Es la más auténtica de todas, creer que es posible romper los cánones que hasta entonces habían sido, en realidad, muros infranqueables.
Se es rebelde al avanzar por la vida, con la ingenuidad aún rozando nuestros talones, pero con la temeridad de alguien que en un futuro podría convertirse en valiente.
Se es rebelde al abrirse a la novedad, manteniendo la puerta muy abierta para que las sombras de antaño hagan un remix en nuestro oído, en nuestro tacto, en nuestros ojos.
Se es rebelde al pretender amar, a pesar de haber roto ya las costuras de nuestra conciencia y nuestro corazón. Y este último, entonces, ama con la diversión y la esperanza que solamente una vez tendrá en la vida; y que, como dice Agustín Lara, es durante esta rebeldía que en nuestro huerto brilla la esperanza que alumbra el pridigio de nuestra soledad.
Y la mano amiga es rebelde al querer compartir el mismo viaje por siempre, sabiendo que la existencia siempre se bifurca, y que de manera permanente, tendrá el sabor de un laberinto incendiado que nos hará correr en direcciones contrarias.
Se es rebelde al amar nuestras utopías, que aún guardan un sentido colectivo, y pretenden no quedarse dormidas al borde de un escritorio. Morirán pues, a orillas de un río que no se secó por completo.
Es así que quienes guardan estas rebeldías en su corazón, pasados los años, tendrá la promesa de caminar siempre junto a un animal que los invite a correr.
Dejar un comentario