Perro errante

Escrituras de paso en un mundo inestable


Soliloquio en día normal

Hoy no encontré un espacio para el tiempo. Me levanté apresurada a las seis de la mañana pensando únicamente en que mis alumnos estuvieran bien y que las actividades asignadas el día de hoy no resultaran tediosas e insignificantes.

Sé que debí pensar en los mejores abrazos que he recibido, quizás en el aroma del café que tomaba junto a mi asesora de tesis, cuando me decía que iba por buen camino, pero aún faltaba.

Y no lo hice. Como sonámbula me dirigí a la sala y regresé con la computadora en las manos, lista para verificar que la escuela seguía ahí, en los buenos días de mis alumnos, en las bromas curiosas que a veces se gastaban.

Esperé frente al monitor a que dieran las seis, y mientras tanto ocupé mi mente en atender todas las dificultades que se me podían presentar para explicar a mis alumnos que Octavio Paz, desde una postura marxista, analizaba eso que el mexicano no se había podido quitar de encima: los deseos de no estar chingados.

Así como así, llegó la hora. Saludar, preguntar cómo están, explicar el objetivo del trabajo, subir PDFs, guías, palabras de más, palabras de menos.

De pronto se encimaron sobre mí todos los deseos que no me había podido quitar de encima, las ganas de tener por una vez lo que quería y que no estaba en mis manos, las ganas de decirle a mi amigo que ya era suficiente masoquismo de mi parte, que ya no quería ser su “amiga”. Me acordé de Emiliano y lo maldije por haber abandonado el barco antes de zarpar. Luego me maldije por no haber nadado siquiera.

Y entonces nadie contestó. La pantalla seguía en blanco. Se suponía que la hora de entrada es a las siete. Pero vamos, Esther, que es cuarentena, a quién mierda le importa si Octavio Paz dio en el clavo o no. Y él, mi amigo, está pensando en la mujer joven, en la madre adolescente con la jovialidad y la belleza de una ninfa; a él le pesan tus tortuosos caminos, a todo mundo le han pesado esos caminos que tú has recorrido solitaria en medio del día, sin el rocío que refresque, sin la lluvia que te moje.

Pero ya casi eran las ocho y las letras que te devolvía un ensayo aún no revisado te causaban somnolencia y, pese a que había sido una noche fría, te daba calor, quisiste quitarte las cobijas y correr hacia donde las pantallas no te podían ver, ni grabar , ni convertirte en un especimen sin cualidades como los que tenía la ninfa de cabellos negros y labios gruesos. La ninfa de ese hombre que también maldijiste a estas horas.

Y no, aun no respondían, pese a que las palomitas de leído ya estaban flotando en la pantalla, quizás les había quedado claro, quizás no tenían dudas, tal vez hoy no era su día, como yo presentía que tampoco sería el mío. Pero es que ya era suficiente, no quería seguir menospreciando de vez en cuando la roca que estaba en medio de mi estómago.

Mi camino favorito es el que me traía a estas sábanas que me daban ganas de lavar, porque la noche y las mil vueltas que le di las impregnaron de sudor, un sudor que no aspiraba a suscribir el placer del sexo, sino el de la congoja, el del martirio, el de las decisiones aún no tomadas.

Tengo que elegir. Tengo que pensar en mí, en mi espalda, en mis manos, en mi rostro, en estos cabellos que no terminan de caer y partirse por la mitad, tengo que pensar en disolver esa roca que yace en medio del polen que sale de mis tripas. Su aroma llega hasta mi lengua, y mis dientes lo trituran como pastillas de dormir.

Eran las diez y lo que había leído hasta ese momento eran las claves de seguridad que abrían el corazón de mis adolescentes, y ellos no lo sabían, pero era hermoso penetrar a esa hora la pupila de su persona a través de la palabra. Porque lo que decíamos, ya estaba dicho, nos hacía presas de lo que somos y de lo que fuimos, o de lo que nunca seremos, según un poeta del sur que mi cerebro se esforzaba en recordar.

Y hablando de recuerdos, creo que debía levantarme, creo que debí levantarme el día que me quedé en cama a esperar la muerte. Las lágrimas recorrieron mis mejillas otra vez, como aquel día, y también el día en que bebí sopa caliente en un restaurante que no podía pagar, pero que me atrajo porque tocaban la melodía perfecta para lo que se venía, la muerte de mi madre y la huída de Emiliano.

Pero es que ese día esperabas que alguien te regalara unas flores. Nunca nadie te ha dado flores; te preguntas por qué. Quizás será tu corazón de roca. Es probable que impida el flujo continuo de la sangre que llega a tu corazón. No es que no tengas corazón, ni falta de cariño. Es la posibilidad de que tu roca sea el punto de apoyo de todo lo que no podrás tener, incluyendo unas flores.

Ojalá algún día alguien me regale unos tulipanes, o unos girasoles, me gustan porque no hacen daño con el tallo.

Pero es que si no llegaba la sangre a mi corazón, iba a estallar y se lo daría a todo aquel que no se lo mereciera. Ya había sido un día de mucho pensar y ya casi eran  las cinco; hora en que seguramente los deseos de aquel hombre envuelvían en caricias a la piel de la ninfa hermosa.

Ya era tarde y mis deseos seguían sumergidos en las palabras de un ensayo que ahora desconocía.

No dudo que haya llegado la noche, y con ella esa semilla interna que me obligaba a decidir en serio sobre lo que haría al levantarme. Yo era la ninfa de piedra, la que se quedaba, la que yacía en el fondo de un cañón. Y no podía obligarme a ser lo otro,

y no pienso obligarme a ser de agua.

Sentada, tan pronto traigan la sopa, voy a decidir que es momento de quitar la piedra de ahí y colocarla junto al corazón, para que se siente a reposar, para que perciba que el camino sinuoso por fin tiene una línea recta y segura.  Que por fin puede rodar, como dice la canción popular.



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