5 de agosto de 2020
Te quise mucho, más de lo que hubiera deseado después de tu partida, pero no menos de lo que hubiese querido antes de ella.
Erré en mi propósito de hacerte feliz, no lo conseguí y aunque me hubieras dejado quedarme, no lo hubiera logrado. Pero no debe quedarte la menor duda de que pensaba darte mi tiempo y mi amor, hacerte sonreír cada día, ese siempre fue mi propósito desde el día en que te miré a los ojos y estreché tus manos.
Te amé. Fuiste la persona que más deseos de vivir me dio en su momento, quien me dio días felices, los más felices que he tenido.
Y los más desdichados también. Por nadie he llorado hasta el punto de secarme, nadie me había quitado hasta entonces las ganas de vivir, pero te conocí.
No exagero cuando digo esto. No podría fiarme de mi memoria, pero mis diarios dicen que así fue. Que cuando te conocí supe lo que era encontrar a “alguien”, y cuando te fuiste lo único que pudo mantenerme en pie fue la promesa de volver a verte.
De esta manera pude sobrevivir hasta el día de hoy, fecha en que no he soltado todo esto, no había querido soltarlo. Aún tengo los puños cerrados, llenos de rabia, de rencor, de desesperanza, de tristeza, de desilusión. Aún tengo atorado en la garganta el último “te amo”.
Pensé que ya habías quedado atrás, pero solo te había guardado en la misma caja donde también amontoné todas las canciones que te dediqué. Y regresaste a abrirla. No tenías el derecho de hacerlo, no después de lo que me hiciste.
Sé que en realidad para ti todo esto no significa nada, pero para mí ha significado un corazón roto, un alma que no ha podido recobrar la fuerza para poder avanzar. Para mí, tu promesa ha significado mi piedra en medio del camino.
Hoy la pienso quitar. Sé que será muy difícil removerla, qué pesada es, pero debo hacerlo si pretendo conocer lo que hay del otro lado, y lo quiero saber, no puedo seguir siendo una muerta viviente.
No me importa cómo lo manejes, ahora se trata de mí, de comenzar a abrir las manos y el corazón, de soltar, porque francamente estoy cansada, y lo último que me queda es ese brillo en los ojos que aún tengo, mismo que puede hacerme volver, iluminar todo otra vez como antes de ti, regresarme la esperanza y la fe.
Ahora se trata de mí y no de ti.
Que no te quepa la menor duda de que fuiste el gran amor de mi vida.
Hasta nunca.
Dejar un comentario