Perro errante

Escrituras de paso en un mundo inestable


Simón

Simón era el típico niño cobarde, el que se juntaba con las niñas, aunque le pegaran. Nunca habría la bocota, siempre miraba como queriéndose esconder. Cuando entreabría la boca, se le asomaban esos pequeños dientes también asustadizos, como si hasta ese día hubieran comenzado a salir. A veces Simón esbozaba una sonrisa, durante el recreo, cuando pensaba que nadie lo veía; se quedaba sentado en la banca, balanceando las piernas, y su mirada perdida a veces parecía recorrer las letras y los números pegados en la pared.

―¿Por qué Simón parece un piojo asustadizo? Un gato relamiéndose los bigotes es más terrible, ―decía Berenice, la niña más agresiva del salón y a la que, extrañamente, Simón dirigía la palabra cuando llegaba a abrirla.

Pero mi memoria no lo recuerda escribiendo sobre la banca o sentado junto a los otros niños, sino apoyado en el piso, haciéndose bolita, sujetando sus dos manos por debajo de las piernas, hasta que se cansaba. Por años lo imaginé así, mientras me apoyaba en la cadena de los columpios a la hora del recreo, observando la ventana desde donde nunca se pudo ver, pero desde donde sabía que estaba ahí, del otro lado del muro.

Un día estábamos haciendo los ejercicios de matemáticas que la maestra había escrito en el pizarrón y el pobre Simón comenzó a desesperarse:

― ¡Bere! ¡Bere! ¡Berenice!

― ¡¿Qué quieres?!

― Este…

― ¿Quienes escuchar mis pedos, Simón?

― No, pásame los ejercicios.

― Te voy a mostrar.

Berenice se encaramó en su banca forrada de verde, se arremangó el short y comenzó a producir esos ruidos tan vibrosos y malolientes que Simón odiaba.

Ella se carcajeaba mientras los demás niños, que anteriormente estaban ocupados con los ejercicios de matemáticas, ahora ponían los ojos como platos y comenzaban a producir risitas que luego de unos segundos, explotaron como una ovación:

― ¡A Simón le gustan los pedos! ¡A Simón le gustan los pedos!

Yo empujé a Berenice hasta que cayó de hocico, y casi pierde los dientes; mientras Simón solo se quedó mirando. Tenía una sonrisa extraña, de vergüenza, como queriéndose burlar de sí mismo, con esa impotencia que comienza a encajarse en los dientes de quienes se tragan las burlas. No cerraba la boca, solo se le asomaban esos pequeños dientes por los que Berenice le había agarrado güasa desde el principio.

― ¡Te gusta Simón!, ―Chilló Berenice.

― ¡A la rojita le gusta Simón! ¡A la rojita le gusta Simón! ―Comenzaron a gritar en el salón.

Simón no supo dónde correr, no sabía que podía correr, nunca lo había hecho. Contrario a ello, volvió a poner los ojos en su cuaderno, con la boca medio abierta y la mente muy cerrada.

No le gustaba la escuela. No le gustaba tener que cerrar la boca. No le gustaba tener que abrirla para defenderse. Con los ojos muy abiertos sobre el papel cuadriculado, maldijo para sí, haber ido a la escuela.

A pesar de todo, Simón nunca lloró. Ni ese día, ni los anteriores, ni los que todavía alcanzaron a venir. Era como si las lágrimas se le hubieran cuajado dentro, desde que estaba en la panza de su madre, de otra manera hubiera gritado, pataleado, empujado a Berenice contra el librero, o al bajar las escaleras, cuando hubiera tenido la oportunidad. Nunca hizo nada, ni un quejido, solo esa tonta sonrisa con la que regularmente siguió enfrentando la vida, las Berenices venideras; quizás años, quizás meses.

Un día, de pronto, dejó de ir.

Sucedió que, tres días después, cuando la maestra comenzó a preocuparse, nadie sabía qué había sido de él, quizás se lo había comido por fin el lobo que lo asustaba, o se lo había tragado el ahuizote, ese que la misma maestra nos contó que vivía dentro de los pozos, y por las noches bajaba a las casas, a esperar debajo de la ventana a los niños temerosos para masticarlos.

Sin embargo, no recuerdo que alguien lo hubiera buscado. Fue como si nunca se hubiera sentado en las bancas de la escuela, como si no compartiera el espacio en el librero del salón, como si las listas de la maestra nunca lo hubieran tenido matriculado.

Hasta el día de hoy, no estoy segura de que Simón hubiera existido. Sólo tengo recuerdos vagos de su rostro, de sus dientes y de cómo Berenice lo jodió.

Tal vez se mudó a otra escuela, para poder llorar a gusto, para no tener a nadie que lo defendiera y pudiera por fin terminar de resolver los ejercicios de matemáticas que nunca pudo terminar antes de que la campana sonara.



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