Perro errante

Escrituras de paso en un mundo inestable


Silencio compartido

Hay espacios vacíos más allá del umbral que rodea la cotidianidad. Se vislumbran generalmente al final de una jornada, aunque en el alba también es posible adentrarse en ellos. El encuentro de una persona con otra ocurre cuando ambas son capaces de abrir la puerta de esa habitación sin vestíbulo, sin color, sin muebles, sin imágenes ni canciones que la completen, sin el eco de ninguna historia pasada o futura. Una habitación desnuda que arropa con el manto de la confianza; una morada sin columnas, ni paredes, ni siquiera un techo.

Cuando dos personas eligen convivir a través del silencio, desbaratando las murallas de lo que todavía es posible decir, puede afirmarse que su complicidad va más allá de lo humano; alcanza lo vital. Luego de recorrer las bastas montañas de la secuencia sonora que representa aparentemente el conocimiento del otro, llega la gran llanura del mutismo, donde nacen las pausas que procuran un conocimiento diferente, no a partir de la necesidad de saber lo que el otro piensa, sino de intentar comprender lo que el otro siente; llegar a esa instancia es ya recorrer los caminos del mundo, de uno en el que siempre estamos parados, pero poco alcanzamos a disfrutar.

Quien ha estado ahí sabe que la comodidad de saberse acompañado nace y crece en sus veredas, como un viento distante y libre. Se accede entonces al silencio del otro, es adentrarse en un espacio compartido que no está invadido por la desesperación y el orgullo. Ahí, tras habernos despojado de esa sensación de estar varados, incluso sin contemplarnos, comenzamos a percibir un espacio diferente, como si comenzara a difuminarse nuestra diferencia con aquel que siempre se nos ha presentado como un otro; ya no nos estorba ese desconocimiento imperante, ese sentimiento de estar arrojados y desnudos, frente a alguien que no nos dejará acceder a su realidad sino a través de este medio.

Existe. Ese acceso a la intimidad del otro existe, y no es sino mediante el silencio que podemos dejar de mirar, dejar de percibir, dejar de batallar con la otra presencia. Llega el anhelado acceso a la vida de quien está con nosotros, persona que no nos rechaza ni nos enjuicia, cual una puesta de sol frente a nuestra cara, limpiando las expresiones de asombro y congoja que las horas pintan cada vez sobre nuestro rostro. Somos dos hojas en blanco, cada una sin pretender llenarse, sin buscar palabras que las vuelvan cartas.

Todo se torna en un convivir que no requiere confirmaciones ni valoraciones, solo tiempo. Tiempo compartido; será que el tiempo se puede compartir mejor cuando estamos callados. Será que el tiempo solo existe cuando guardamos silencio. Tal vez solo sea su otra cara, aquella que no tiene retrocesos ni avances, la cara que llamamos presente, la que se nos muestra como un océano sin fin, y a través del cual aprendemos a nadar, sin miedo, sin asombro, con la certeza de estar viviendo ahí, junto a esa totalidad que únicamente es posible nombrar cuando se sabe que existe frente a nosotros, y no nos está mirando.



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