Tengo algo qué decir de los días libres: existen hasta el momento en que te das cuenta de que los necesitas; a partir de ese día, se convierten en un mito. Es probable que este fenómeno no esté relacionado con la edad, ni con la clase social, ni con el tipo de trabajo. Un extraño concepto para la sociedad actual, porque ni en tiempos de pandemia la gente deja de comportarse como si tuviera muchas cosas qué hacer (aunque muchas veces termine haciendo nada).
También es probable que solo a mí me ocurra. En realidad no me he puesto a discutir sobre este asunto con un café en la mano, sería interesante. Mis observaciones solo nacen de esa mirada diaria a las vidas virtuales y carnales (habrá mundanidad en lo virtual?), sobre todo a la mía.

Dios mío, si tuviera un hijo en este momento sería una mala madre: no tendría tiempo de leerle cuentos, de salir a perseguir gatos, de columpiarme junto a él hasta que la tarde cayera, de juntar piedras para lanzarlas a un charco, de imaginar que los animales marinos que están en los libros de biología salen de su mundo, de comer semillas de sandía y esperar a que crezca una dentro, de hacer bombas con los chicles, de brincar para oír como se balancea el agua dentro de nuestros estómagos, de ponerle nombre a los colores e inventar historias, de tenerle miedo a la oscuridad cuando no hay luna, de mirar las estrellas y esperar a que se caigan durante horas, de necesitar un caballo para cabalgar cada que se nos ocurra.
Quizás no tengo tiempo, pero si se me presentara la oportunidad, lo tendría, todo es tan extraño. A veces me imagino que los días libres nos atan a esa vida que no queremos ver, y por eso los atamos desde temprano a la cama, como globos que no queremos dejar volar. Será que esos días no son globos, sino aire que siempre nos será imposible contener.
Últimamente he visto que hay necesidad de estos días en las mentes inquietas de la pandemia (porque aún hay una pandemia allá afuera), o quizás sea necesidad de lo que representan ante un mundo de trabajo inabarcable y avasallador. Necesidad de escuchar música de antaño, necesidad de cantar y olvidar que se tienen que declarar impuestos, necesidad de por fin volver a dibujar luego de años, necesidad de escribir lo que le ocurre a nuestro espíritu, necesidad de salir y envolverse con el calor del sol y de las olas, necesidad de tirarse sobre el pasto para encontrar figuras en las nubes, necesidad de encontrar amigos y algún amor que nos sostenga cuando la soledad nos estorba, necesidad de caminar por los parques, de recorrer lo que quedó varado en algún punto de nuestra vida.
Me gusta saber que los días libres nos siguen salvando de perdernos por siempre entre espejos y pantallas, de volcarnos fuera de un monitor y hacernos voltear a ver la tarde.
Cuando por fin los tomamos, los ojos que nos siguen por la habitación día a día se encuentran con los nuestros.
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