Perro errante

Escrituras de paso en un mundo inestable


Monólogo de lo que no fue

¿Qué hubiera ocurrido si no hubiera enviado esa nota de voz? Ustedes me dirán que las cosas pasan por algo, que existe una fuerza extraña que todo lo mueve, que desde que nacemos estamos en manos del destino, pero es que yo me pregunto, ¿Qué hubiera pasado si no hubiera leído su respuesta? Lo sé, lo sé, también existe ese azar en el que están pensando, simple devenir del tiempo que nos lleva a llenarlo con actividades e ideas que dan la impresión de que avanzamos, sorteando los costes de nuestras buenas y malas decisiones, incluso si éstas no tuvieran un sentido positivo o negativo, nos regresan la impresión de que estamos viviendo.

Ni ustedes ni yo estamos excentos de preguntarnos cada día qué hubiera pasado si no hubiéramos subido al vagón de ese metro, porque sé que ustedes también lo hicieron, subieron tan rápido como pudieron para ir a encontrarse con ese destino del que tanto habían escuchado, pero que hasta ese día nunca se les había aparecido, para ese entonces ya ni creían que existía. Sé que ha pasado, lo puedo notar en esas expresiones aparentemente inmutables, como si les estuviera contando las resoluciones del congreso, pero que esconden cada uno de los pasos esperanzados que los desviaron hacia ese andén; sé que desearían no recordar las artimañas que emplearon para llegar hasta ese punto y no ruborizarse por ello, yo así lo anhelo.

Lo sé, es impertinente venir a recordarles el día en que decidieron posponer la próxima cita, porque no tenían tiempo, aunque bien saben ustedes y yo que se quedaron en casa pensando, intranquilos, si acaso la respuesta los llevaría por mejores rumbos, necesitaban convencerse de ello. Pero es que no fue así. No tomaron la mejor ni la peor de las elecciones, tal como me ocurre en este momento, solo estaban atrapados entre un “sí” o un “no” que les estorbaba, y que debían resolver en ese instante para avanzar a la siguiente hora.

Porque sí, en un instante, que aparentemente duró horas, ustedes y yo ya nos habíamos hecho cargo de nuestra existencia, con la poca o mucha experiencia que nos alcanzó a subir a la cabeza, porque miren el vértigo que uno ha de sentir cuando está a punto de cometer una locura. Sí, también sé que para ustedes no fue una locura revisar ese mensaje triste a media noche, pero es que la locura tiene una apariencia de borracho dolido en medio de una fiesta, ustedes saben bien lo que podría ocurrir porque ya han sido él.

Luego de contestar el mensaje sintieron que habían hecho algo con sus vidas, es como si de verdad les hubiera pertenecido y no fueran parte de ese juego en formato VR que siempre está jugando algún chino oligofrénico en pleno 2021. Ustedes y yo sabemos muy bien qué ocurrió con nuestra alma luego de encontrarnos con aquello que según no nos cambiaría la vida, nada que te encuentres una mañana de domingo te puede cambiar la vida, pero lamentablemente no fue así, estuvimos y estamos en el precipicio de las horas y ni siquiera podemos mentirnos imaginando andamios que nos atrapan por si llegamos a tropezar.

Resulta que vas viviendo y, de pronto, se cruza frente a ti, en cámara lenta, con el mayor ruido posible, con una mejor pose que la de Rita Hayworth en una película de los 40, ese estúpido segundo que todo lo cambia. Y no, no pienses que es el destino, porque bien pudiste haber elegido no levantarte, quedarte en cama hasta que se te entumieran las ganas de salir y buscarla en los espejos. Tú y tus ganas de vivir el famoso cliché donde compartes una dona krispy kreme mientras intentan ver televisión por streaming, te llevaron a ese segundo que maldita sea, ya es historia.

Un drama que Shakespeare se evitó la pena de escribir.



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