Son las siete de la mañana y no quieres levantarte; quizás un saludo de la chica que verás hoy te despierte por fin, el solo hecho de comenzar a imaginarlo hace que te dé un poco de calor matinal, que desees tocarte. Lo haces, un poco lento al principio, cuando imaginas que ella acepta tu proposición de ir al hotel que le prometiste, como si cada paso a la puerta de la habitación fuera cada una de las veces en que piensas venirte dentro de ella. Tu respiración, ahora más agitada, te lleva a explorar de forma más enérgica tu capacidad para disfrutar del placer. Lo tomas y te gusta; lo tomas y puedes oler desde ya la magnitud de tu deseo. Terminas.

Luego viene una especie de incomodidad, pero nada de qué preocuparse, al menos estás seguro de que la pasarás bien, ya la has visto un par de veces y te remuerde la conciencia pensar en las infinitas formas en que deseas poseerla; mientras ella habla, mientras toca su cabello, mientra saborea sus labios, mientras la observas de reojo cuando adelanta el paso.
«Un día a la vez», te dices, cuando de pronto se cruzan tus pensamientos matinales con aquellos que te asaltan cada noche, cuando llega la melancolía y las ganas de tener a alguien de verdad, alguien que te saque de ahí. Te levantas y vas directo al baño. Te miras al espejo y no ves nada. Llega entonces un sentimiento de abandono, de locura, de compasión por ese hombre que esperabas ver del otro lado, y que esta mañana no está. Te molesta enfrentarte con esa sensación nuevamente, ya no había aparecido desde hace semanas, cuando recordaste aquel día en que alguien puso punto final a tu juventud y a las ilusiones que se supone que vendrían con ella. Luego de ese día te convertiste en nada, o mejor dicho, en todo lo que eres hasta el día de hoy: un espectro que ha venido a saludarte esta mañana.
Al menos hay signos de que fuiste alguna vez y aún tienes ganas de corregir el día de tu muerte, hoy es un buen día para hacerlo, así que te duchas rápido no sin antes ver de reojo el celular para saber si ella aún quiere verte. Lo confirmas. Tienes la vaga sensación de haber contestado con sinceridad, como si tu secreto no fuera lo suficientemente real, como si fueras el chico que encontraste esta mañana frente al espejo, tan lleno de nada, tan libre de ti.
Sales un poco apresurado, pero aún así adviertes la presencia de un pequeño gorrión asustado; lo ves ahí, atorado en las estrechas rejas, pero con el aspecto de no querer escapar. Lo tomas entre tus manos suavemente y, en vez de elevarse, se queda con las alas mudas entre los pilares que enmarcan la entrada. Te perturba un poco este acontecer, pero la impresión de tener que llegar a tu destino te hace subir a la moto para dirigirte a la central.
Llegas tarde, ella está un poco desesperada, pero tú le explicas con un poco de titubeos lo que ocurrió. Ella te cree. La besas. Te besa. Deberías disfrutarlo, nunca sabes cuánto dura la felicidad, te han dicho que en la mayoría de los casos sólo es un instante; una especie de suerte de perdedores, así que aprovechas para hacerlo lo mejor posible.
Todo pasa tan rápido, que varios años después logras reconstruir en tu memoria un paseo en moto debajo de una colina, mientras ella le cuenta a un joven risueño algunos sueños de su infancia; te parece verlos caminar a lo largo de un puente cuyo final les devuelve un reflejo de ambos encontrando la historia oculta de la ciudad. Él camina seguro, contando sus pasos, midiendo sus palabras, escuchando en cámara lenta el movimiento que produce el cabello de ella al caminar, escuchando las suaves y cómplices risas mientras saborean el hielo sabor a fresa, tropezando con algunas lágrimas dentro de un bar, cayendo en los versos de un poema recién escrito.
Llegan a un mirador que se parece mucho al que ambos soñaron cuando la vida los comenzaba a devorar y aún podían salvarse, pero tiene algo nuevo, quizás acaban de pintar las fachadas de otro color, quizás la gente ausente y sus piedras esta vez sí sean reales.
Ella, ahí parada, con las dudas atoradas en el corazón, te dice que lo único que quiere de ti es lealtad, y casualmente es lo último que le puedes ofrecer. Tú no sabes lo que es eso, pero la tomas de las manos y la miras con la honestidad que apenas has alcanzado a juntar a tus veintisiete años. En ese momento sabes que ella se conforma con esa respuesta y se te quiebra la imagen del espejo, no encuentras ni al hombre que se veía, ni el reflejo que se escondía.
Es entonces cuando el chico encuentra el camino a casa en los labios de la joven, la fantasía de seguir habitando el paraíso en compañía de Eva.
Es entonces cuando la chica encuentra el camino a casa en los ojos de Adán, la fantasía de tomar la manzana y que ello no signifique la expulsión del paraíso.
Al final del día, varado en medio de la central, con las lágrimas corriendo por tus mejillas, tienes ahora una certeza: los momentos felices llegan, siempre llegan, de alguna u otra forma, aunque duren apenas un despertar, y perduran a través del tiempo, revoloteando como gorriones que reciben la primavera, fluyendo de la misma manera que lo hace un río; y se van transformando en las flores que adornan nuestro sepulcro.
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