Perro errante

Escrituras de paso en un mundo inestable


Armadura

Pero esta vez la oportunidad de salvarse no pertenece a los ciervos, ni está en manos de las filas de guerreros que defienden la gran ciudad. Es mía, la he tomado; he puesto la vista en la gran entrada que resguarda las ofrendas de los dioses y el alimento de los hombres; escondida detrás de las colinas, estoy forjando la espada que ha de dar muerte a toda una ciudad.

Necesito sentirme poderosa, como si en mis manos estuviera el destino de Roma; no para salvarla, sino para llevarla a su ruina. La necesidad de tener un escudo cuyo brillo opaque la oscuridad, misma que siempre ha sido testigo del momento en que se fraguan las armas que han de dar muerte al enemigo. Pero este día no, estoy convencida de que la noche y su tumulto tendrá que implorar una muerte rápida y silenciosa, como la de aquellos ciervos que vieron caer la tarde al mismo tiempo que las fauces del tigre sostenían el temblor del último aliento.



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