Perro errante

Escrituras de paso en un mundo inestable


La extraña costumbre de escuchar música

Y es que solo en un mundo empobrecido, la música dejaría de tener un valor en sí misma, así como el tiempo que destinamos para ella.

Hace no mucho tiempo di una clase de música en la escuela, se trataba de poner en marcha un programa que hasta ese momento no había sido considerado incluir, al menos durante los últimos treinta años en el sistema educativo estatal de bachillerato. Las primeras semanas significaron una experiencia emocionante para los estudiantes, puesto que se trataba del que, para la mayoría, era el arte con el que sentían mayor cercanía, el único que había estado ahí desde sus primeros años de vida (más que la literatura o el cine); resultaba fácil para ellos identificarse con la famosa frase de Nietzsche: «La vida sin música sería un error». Todos, o casi todos, se declararon oyentes asiduos de algún género musical, banda o compositor; incluso unos cuantos ya tenían un conocimiento bastante amplio sobre la trayectoria de algún músico.

Es importante reconocer que a lo largo de nuestra adolescencia, o al menos así lo recuerdo, la música se nos presenta como ese lenguaje salvaje e insurrecto que elegimos para gritar quiénes somos, convirtiéndose en vía de escape, en habitación propia, en planeador, en una cápsula que nos aísla de aquello que odiamos; se nos revela como un lenguaje real, válido.

Ante la consciencia de que la música, durante este periodo de vida, puede resultar realmente significativa, me resultó extraño que con el paso de los días, las actividades perdieron fuerza en cuando comenzaron a enfocarse en la escucha de sonidos, notas, ritmos y compases, de forma cada vez más consciente; esta situación los colocó en una postura de resistencia y hartazgo. No estaban acostumbrados a escuchar nada, ni siquiera música. Así, noté que no a todos se revelaba ese canto indómito ya mencionado líneas arriba, de hecho, para la mayoría estaba vedado.

Tras la aplicación de un sondeo sobre sus hábitos musicales, resultó que mis alumnos no estaban habituados a escuchar música: la mayoría lo hacía a todas horas, pero sin nunca dedicar un tiempo específico para su deleite: escuchaban canciones mientras hacían la tarea, mientras husmeaban en las redes sociales, mientras hacían los quehaceres de la casa, cuando viajaban a la escuela, de camino a la tienda, cuando estaban tristes y querían sacar su dolor, en una fiesta, cuando querían usarla para bailar o para dedicarla.

En realidad, este fenómeno es usual, todos usamos la música con ciertos fines, pero el hecho de que sea permanentemente utilizada como ruido de fondo  mientras vivimos, me resultó triste, al igual que el presentimiento de saberlos ajenos a esa sensación de embelesamiento que produce la música cuando dejas que te dé vida o te mate; los adolescentes que tenía delante de mí, pocas veces le habían puesto una atención genuina al arte sonoro, quizás alguno nunca lo había hecho.

Desde esa experiencia que tuve con mis jóvenes oyentes, me ha venido a la cabeza la idea de que la música ha sido para la mayoría de las personas un acompañante que oculta esos silencios incómodos o pesados de la vida misma; el trabajo se aligera con música, los momentos de ocio se sazonan mejor con música de fondo. Cada vez me acerco más a la idea de que la mayoría de las personas tiene la misma rutina que la seguida por mis estudiantes: escuchan canciones a todas horas mientras están ocupándose de sus asuntos, pero nunca del asunto de escuchar.

En esta dinámica social en torno a la escucha activa intervienen diversos factores, de los que disciplinas como la sociología y la filosofía se han ocupado constantemente, tal como la desmedida importancia que han cobrado  la productividad y la autoexigencia durante los últimos años, tareas que a largo plazo brindan a cada actividad humana un valor utilitario, o de lo contrario, se considera como quehacer inútil. Me viene a la mente lo que Byung-Chul Han, en su obra El aroma del tiempo, señala en torno a la autoexplotación del individuo; ésta le impide sentir el paso de las horas y realizar actividades que le devuelvan la misma sensación. Se trata pues, de sentir que estás haciendo algo con tu tiempo y, por ende, con tu vida. La música y las artes no comulgan mucho con este tipo de concepciones, puesto que nos exigen un tiempo no productivo, un rato de ocio. Este último personaje, además, ha sido enviado al abismo donde convive con todos los vicios, y del que habría que reivindicar su valor, tal como lo hace Bertrand Russell, y más recientemente, Rafael Lemus en su obra Contra la vida activa.

De esta última obra, me parece muy valiosa la afirmación acerca de la pérdida de significado que poco a poco van adquiriendo las cosas si no acarrean beneficios utilitarios:

«Porque hubo un tiempo en que las cosas, los árboles, las piedras, los pájaros tenían qualitas y significaban. No ahora, cuando, una y otra vez reproducidos, no retienen siquiera su aura. Ese es otro de los lastres del capitalismo de consumo: a pesar de que satura de objetos nuestro horizonte, empobrece el mundo».

Y es que solo en un mundo empobrecido, la música dejaría de tener un valor en sí misma, así como el tiempo que destinamos para ella. En conjunto, se perpetúa la idea de que ésta debe funcionar y servir para algo, y como objeto de consumo, cada vez aumenta más la sensación de su omnipresencia: música a la carta, música que puedes reproducir a cualquier hora, ya sea mientras te bañas, o mientras paseas al perro; puedes pausarla o quitar la canción a los veinte segundos si acaso no te produjo la sensación que buscabas; música desechable, música que ya no es música y que ya no pretende serlo, al punto de que todo mundo cree que la escucha, pero solo se trata de su espectro. En realidad, la música cada vez está más lejos de nuestro espíritu, de alimentarlo, de acompañarlo, de traerle la sensación de que sí existe lo sagrado.

Ante esta situación, me pregunto cuántas personas estarán del otro lado de la cuerda, cuántas le destinarán una parte considerable de su tiempo al arte sonoro. Seguramente bastantes, pero no las suficientes como para ser mayoría. Al mismo tiempo, resulta evidente que las mismas personas que disfrutan de un sonido armonioso, lo hacen también con el silencio; han aprendido a valorarlo, al igual que su pieza favorita. Y si hablamos de silencio y música, qué hacemos con ese silencio que muchas veces pareciera estorbar, incomodar, que debemos acallar. Claro, tenemos una canción, o una playlist que lo desaparece al instante. El espacio se embalsama con el estruendoso sonido de una batería, de ecos creados por computadora, de beats, de voces estrepitosas que desean aturdir el presente.

La música y el silencio son dos entes que poco a poco han quedado relegados a un rol utilitario; ambos se utilizan el uno al otro como velos que encubren nuestras perezas, nuestras frustraciones, nuestra inquietud por enfrentar aquello que nos quita el sueño. Han perdido mucho de lo que les da un sentido más exquisito: su coexistencia con nuestra persona.

Precisamente por la mañana miré las historias de una bloguera que sigo en Instagram, llamada María Pía Moreno (@velodevainilla), quien está en desacuerdo con el hábito de escuchar música cuando estamos ocupándonos en otros asuntos, ya sea trabajar, estudiar o haciendo cualquier otra actividad. Dio una respuesta que me volcó a escribir el presente texto: «Sucede que la música no fue hecha para ese fin». Usar la música para diversos fines la aleja de su razón principal, además de que nos aparta del disfrute que ese mismo arte podría brindarnos. A continuación, la misma Pía puso énfasis en cómo nuestro carácter va debilitándose porque se vale de un recurso externo para facilitar las tareas a las que nos enfrentamos diariamente:

«En vez de encararlo por completo. En vez de estar en esa circunstancia, les estás poniendo azúcar para que sea más fácil para ti y esa búsqueda de facilidad, de no querer incomodarte en cumplir con lo que tienes que hacer tal como es. El mundo es silencio, y ese silencio es por algo».

Esta afirmación me hizo ruido, porque de principio advertimos que el mundo no sólo se compone de silencio; contrario a ello, el mundo está lleno de sonoridad, de ritmo. La propia naturaleza de nuestro planeta mantiene una cadencia constante, seguramente desde antes de que fuéramos conscientes de ello. Me parece que, señalar al silencio como única vía para enfrentar la realidad es un tanto limitado. Hay que respetar, cuidar y disfrutar de ese silencio, tal como se hace con el sonido y con la música. Asimismo, entiendo que muchas personas disfrutan de la música cuando trabajan, cuando hacen el amor, cuando están envueltos en pensamientos embrollados.

No obstante, concuerdo con el hecho de que no es posible depositar todo el sentido de la música en ese tipo de ocupaciones. La música en sí misma ya resulta una tarea que debiera ocupar  toda nuestra atención, y forjar el hábito de escuchar música en un momento específico del día se me hace una de las faenas más nobles, humanas y que alegremente muestran uno  de los rasgos que nos diferencian de los demás seres vivos: la capacidad de apreciar el sonido y conmoverse ante su figura, a solas o acompañados.

Hay que escuchar música. Hay que escuchar silencio. Apreciarlos en su justa medida y darnos la oportunidad de enmudecer cuando llegan.



Dejar un comentario