Hace unos días estaba sentada en la sala de espera de un consultorio del Doctor Simi. Ir a ese lugar fue mi primera y única elección; primero, porque es asequible, y segundo, porque no creí tener algo más que una nefasta infección estomacal. Odio las infecciones de ese tipo. La fiebre y los escalofríos se dan de manera tan fortuita que terminan siendo una calamidad enmedio de la cotidianidad templada. Aunado a ello, venía de una fiesta. Creo que yo al igual que muchos, vamos a las fiestas a comer, no importa tanto el menú, es gratis. Dada la situación, intenté hacer como que no pasaba nada, pero comencé a temblar, y dos horas después, estaba ahí, en los asientos grises y plastificados enfilados del reducido pasillo, esperando mi turno e intentando ocupar mi mente en otros asuntos que no fueran mi dolor.
Recordé la vez que permanecí varias horas en la sala de espera del hospital para enfermos mentales del DIF. Se trata de una estancia blanca bastante amplia, pero con muy pocos asientos, entre los que se intercalan árboles y arbustos que simulan un bosquecillo en medio de una civilización esterilizada. Edén imperturbable y frío como todos los parajes clínicos, su peculiaridad radica en que, una vez sentado, terminarás tratando de descifrar quién es el paciente. La televisión y el cine muchas veces representan a los enfermos mentales como personas que se cagan en los pantalones y balbucean cosas. En realidad, en la mayoría de ellos, no es posible saber quién está enfermo y quién no, a menos que el paciente ya tenga varios meses internado y se hayan encargado de hacerlo parecer enfermo. Pero ellos no están a la vista.
Lo anterior me hizo rememorar que en un tipo de sala como esa (en realidad otra sala de otra unidad de otro DIF), borré todos los mensajes de un gran amor. Cansada de pretender descifrar qué actitudes eran “cuerdas” y cuáles no, decidí anular mi pasado en ese lugar. Literalmente, borré mis chats de Whatsapp. Cuando el dispositivo indicó que el 100% de los mensajes habían sido eliminados, levanté la cabeza triunfal y pude ver que yo seguía ahí, pero mi pasado había desaparecido: el triunfo del futuro por encima del equívoco y vergonzoso pasado, la salud pisoteando la enfermedad. Y luego nada, solo más tiempo que llega en forma de susurros.
Tiempo es lo que sobra cuando estás ahí. Foucault ya había hecho la relación directa entre los psiquíatricos y las cárceles, así que yo me limitaré a recalcar que me sentí en una, no por la vigilancia, tanto más porque lo único que esperaba era el momento de salir de ahí. Me pregunto si esa espera, dentro de la prisión, propiciará las mismas reflexiones sobre lo que pasa, lo que no pasa, lo que se espera y lo que se ha dejado de esperar. Esperando ahí, suspendidos, en un tiempo que transcurre y no, en un espacio ajeno y propio, la vida que ya no depende de la voluntad sino de la esperanza de abandonar lo que se es ahí dentro. La tragedia de Beckett rodeada de paredes blancas.
Recuerdo haber sido Vladimir cuando, tras salir del psiquiátrico, tuvimos un accidente y fuimos a parar a la sala de espera de un hospital general. Fue como pasar de una celda más pequeña a otra más grande. Ahí había gente que claramente no estaba enferma, sino incompleta y frágil. Al igual que el personaje de Esperando a Godot, me obligué a pensar en un mejor futuro, me engañé a propósito pensando que al otro día sería mejor, cuando de antemano sabía que si acaso, todo seguiría igual. Los estragos de la espera.
Mamá siempre estuvo de hospital en hospital, así que crecí con la percepción de que la sala de espera era la forma en que la enfermedad nos atrapaba a quienes no teníamos tumores. Dicen que en esos lugares huele a muerte y desconsuelo, agonía que se arrastra hasta los sanos que yacen dormidos con la espera de noticias. Yo creo que huelen a vacío y silencio. El silencio necesario para que lleguen todas las buenas noticias, pero sobre todo las malas.
Al final, recibí una buena noticia. por parte del médico que estaba trabajando un domingo por la tarde: tomar un antibiótico durante cinco días.
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