Perro errante

Escrituras de paso en un mundo inestable


Despedidas

No recuerdo la última vez que tuve la oportunidad de despedirme de alguien importante para mí, supongo que es un privilegio poder hacerlo, regularmente la vida nos sorprende enmedio del camino y nunca es posible llevar a cabo esas formalidades, sobre todo si se trata de alguien que enfrenta la vida junto a nosotros. Queramos o no, despedirnos de tantas personas buenas que hacen de nuestros días algo más memorable, casi siempre es un acto solitario, alguien se va, y alguien se queda. Una persona da la espalda y la otra pide perdón. Queda un náufrago al final.

Recuerdo mi primera despedida. Fue de Norma, mi mejor amiga de la infancia. Ella y yo éramos inseparables, la uña sin pintar y la mugre muy enterrada. Norma era una niña tranquila, sincera y curiosa. Yo más o menos también. Ambas, junto a Simón, combatíamos a Berenice, la niña más insolente del salón. Un día, sin más, llegó diciendo que se mudaría y ya no iría más a la escuela. Días después se fue al terminar las actividades de español, casi al finalizar la jornada. Cuando la vi salir, sólo alcancé a gritarle: ¡Hasta nunca, Norma! Afortunadamente no fue así. Años después me la encontré trabajando en un OXXO, luego coincidimos un par de veces en el transporte público. No la he vuelto a ver.

Trato de recordar las siguientes despedidas que la vida me obligó a hacer, pero en realidad, luego de Norma, los adioses que siguieron no significaron mucho. No quiero decir que no tuvieran un mínimo de importancia, pero no representaron una pérdida real en mi trayecto de vida. Quizás, cuando los dejé de ver, ya no ocupaban parte de ese día a día que nos ocupa y nos preocupa. Nunca me despedí de dos buenas amigas: Edith y Teresa. Ellas murieron y, con ellas, varios hechos que no podré recordar porque jamás tendré con ellas esas charlas donde las personas van amontonando recuerdos vagos hasta conformar nuevamente la imagen de los días pasados. La última vez que las vi fue como si el tiempo nos perteneciera; juro que jamás pasó por mi mente la idea de no volver a verlas. Ocurre quizás lo mismo con ciertas compañeras de la escuela, el trabajo y amistades de los que nunca llegué a despedirme simplemente porque asumí que quizás un día las volvería a ver.

De mamá estuve despidiéndome durante quince largo años, pero el día que murió fue el único en el que salí de casa esperando regresar para encontrarme con sus palabras y su mirada. Ese ha significado mi adiós más doloroso. Uno que te esperas y sabes que está ahí, porque la muerte ya la está mirando muy de cerca, y a ti también. Cuando esta última es la que determina un adiós, sabes que no habrá otra posibilidad; y, a diferencia del naufragio, quedas aferrada a la orilla del mar.

Nunca me despedí de los hombres de los que en su momento estuve enamorada. La ruptura trajo distanciamiento, pero nunca pensamos que fuera necesario decir “hasta nunca”. Pero mi tercera gran despedida fue de uno de ellos. Tuve la dichosa oportunidad de despedirme del hombre que creía sería el “hombre de mi vida”, el huracán más grande, quien explotó tantas veces en mi mente y mi corazón; fue parte de mucha de mi historia y de mis pensamientos sobre el futuro. Fue una despedida amable, que no esperó espacios ni lejanías, no estiró lazos ni ofreció el anhelado “algún día”, solo un punto final, dulce como pocas veces trae consigo el fin de algo.

Decía Nietzsche que, a diferencia de las bestias, nosotros recordamos, tenemos una historia, un sentido de lo que fue y de lo que vendrá. Pero es que la mayoría de los días actuamos como si ese sentido estuviera flotando en un punto indeterminado de nuestro espíritu, que sólo se hace consciente cuando la vida interviene en nuestra mortalidad de forma agresiva. De otra manera, no seríamos un montón de guilipollas que desperdician el abrazo de un amigo o la mirada tierna de un animal. Salvaríamos nuestras conversaciones y llegado el momento, diríamos adiós.



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