Perro errante

Escrituras de paso en un mundo inestable


TREINTA Y TRES

Para Ricardo Ruiz Alvarado

Recuerdo cuando cumplí treinta y tres, era un evento muy esperado y ansiado para mí, pues ese número siempre había tenido un significado trascendental, sobre todo si nos remitimos a que, según el conocimiento popular, Jesucristo murió a esa edad, lo que implica a su vez, su resurrección. Aunado a ello, para mí tenía una referencia claramente poética —y, por consiguiente, mística—, luego de haber leído Altazor, uno de los mejores poemas jamás escritos, y cuya relevancia para la tradición literaria va más allá del vanguardismo.

En él, Vicente Huidobro nos relata el viaje en paracaídas de Altazor, personaje y sujeto lírico cuyo trayecto no sólo significa una trasformación, sino una caída (nacimiento y muerte). Dicha caída se va desarrollando en un tono pesimista, burlón y a su vez, luminoso, puesto que no sólo representa enfrentar esa parte desconocida de la vida, a decir, la muerte y lo que ello significa, sino adentrarse a esa parte divina cuyo rostro tiene mucho de noche y de infinito. Altazor es el hombre cayendo, no al mundo de los hombres, sino al mundo del Creador. En ese punto, la poesía también se torna creadora de un lenguaje inmortal, imperecedero:

Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo; nací en el Equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos del calor.
Tenía yo un profundo mirar de pichón, de túnel y de automóvil sentimental. Lanzaba suspiros de acróbata. […]
Amo la noche, sombrero de todos los días.
La noche, la noche del día, del día al día siguiente. […]
Una tarde, cogí mi paracaídas y dije: «Entre una estrella y dos golondrinas.» He aquí la muerte que se acerca como la tierra al globo que cae.
Mi madre bordaba lágrimas desiertas en los primeros arcoíris.
Y ahora mi paracaídas cae de sueño en sueño por los espacios de la muerte.

Altazor o el viaje en paracaídas. Vicente Huidobro, antipoeta, 1919.

Toda esta representación de la caída y el descubrimiento de lo eterno quedó grabada en mi memoria para cuando llegara el momento de cumplir tan ansiada edad, quizás mi viaje se vería materializado de alguna manera, o tal vez sólo tendría más certeza del mismo. Como dice Joseph Campbell en El héroe de las mil caras, todo viaje interno nos llevará irremediablemente a un renacimiento, y tras la inevitable caída del héroe, si se supera el umbral, viene la ascensión: llegar al equilibrio entre lo material y lo espiritual, lograr la plenitud en el momento.

No podría asegurar que lo fue en un sentido estricto. Cumplir treinta y tres años se sintió de la misma manera que cumplir catorce o veintitrés. No obstante, la carga simbólica que ya había considerado y reconsiderado para cuando llegara el día, han hecho su labor. Si bien, no soy Altazor cayendo en paracaídas, vino a mí una visión más amplia de lo que he hecho y estoy haciendo con mi vida, como si pudiera ver de forma panorámica todas las piezas que conforman mi existencia; no comencé mi viaje al inframundo, pero tengo mayor claridad de lo que ha muerto en mí, o de lo que nace cada día. Aún no logro, como sugería Aristóteles, el equilibrio entre lo que necesito y lo que necesita el mundo de mí, pero ya puedo concebirme como parte de una comunidad de la que no puedo ser indiferente.

Recuerdo la frase de una película llamada Moneyball, en la que el protagonista recuerda el momento en que eligió ser jugador de beisbol: «Llega el día en que debes dejar de ser amateur, para convertirte en un profesional». A los dieciocho años, erró, a los cuarenta ya no podía permitírselo. Habría que reflexionar si pasados los treinta ya estamos obligados a ello, si el montón de errores que cometimos en un pasado deben quedar como parte de nuestra fase de principiantes y aficionados. Claramente los errores seguirán siendo parte de nuestra naturaleza, pero nos aborda un deber, una obligación en el hecho de reconocerlos, de hacernos cargo de lo que hemos hecho de nosotros, de confiarnos a la vida que nos hemos construido, y a los principios que la rigen.

Creo que, después de todo, serán muchas las noches en el monte de los Olivos, moriremos varias veces, renacerá nuestra esperanza más de una vez, realizaremos el mismo viaje una y otra vez, intentado encontrar lo divino de nuestra carne, llevaremos nuestra piedra a cuestas hasta el fin de nuestros días, pero comenzaremos a reconsiderar nuestra humanidad, tal como hizo Sísifo luego de ser condenado por los dioses, rodando la roca hasta la cima para que ésta vuelva a caer por su propio peso; trabajo que poco a poco se despoja de su inutilidad para comenzar a devolvernos nuestra humanidad, nuestra posible libertad:

Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. Este universo, en adelante sin amo, ya no le parece estéril ni fútil. Cada uno de los granos de esta piedra, cada trozo mineral de esta montaña llena de oscuridad, forma por sí solo un mundo. El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar el corazón de un hombre. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso.

El mito de Sísifo, Albert Camus, 1942.

Pero no quiero que esta serie de ideas reafirmen una postura aspiracionista o falta de miras ante el contexto que la mayoría de las veces determina nuestras acciones. Espero que se tome en la medida de que el conocimiento de nosotros mismos determinará la medida de todas las cosas, pues como dice Josefina Vicens en El libro vacío, «¿Quién va a vigilar el tiempo y a medirlo entre esa serie de sucesos cotidianos, de tiernos proyectos, de deberes inaplazables, de fechas tristes, de otras ansiosamente esperadas, de otras perdidas en otras y en otras más, iguales siempre, que forman la vida del hombre común?» Todos los siglos han dado a luz a hombres comunes, la mayoría lo seremos. Pero también está en nuestra naturaleza reconocer esa pieza irremplazable cuyo nacimiento y muerte puede cambiar el rumbo de muchas historias, incluyendo la nuestra.

Jackson Pollock , Number 33

Y así, deseando que pase el tiempo para que pasen también los problemas diarios que nos agobian, nos encontramos un día con que ha pasado nuestro tiempo.

El libro vacío, Josefina Vicens, 1958.



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