El mundo, además de dividirse en vivos y muertos, en pobres y ricos, en jóvenes y viejos, se divide en diurnos y noctámbulos. Este último designio suena igual de ineluctable que los otros, pues, quién negará la prolongada distancia que separa a estos dos especímenes que solo pueden nutrirse de la luz o de la oscuridad. No hay dosis que valgan el equilibrio entre estas dos fuerzas que matan o elevan las esperanzas sobre el incierto porvenir. Todos sabemos a muy temprana edad a cuál de las dos variables pertenecemos. En mi caso, la famosa máxima “el que madruga, Dios lo ayuda, si se levanta con buen pie”, guía mi energía y mi capacidad o incapacidad para resistir los embates personales, familiares, sociales, laborales y de cualquier otra naturaleza donde tenga que actuar.

Soy diurna. Y no precisamente por elección. Nadie lo es, estoy segura, aunque claramente, siempre hay animales que van contra la tirana naturaleza. Nací en el campo, he vivido poco más de veinticinco años entre matas de maíz y tierra arada, los gallos cantan de cuatro a seos, los abuelos comienzan a abonar la tierra a las cinco, la luz penetra fuerte desde las seis porque no hay muros que la contengan, las mujeres y los hombres comienzan a saborear las tortillas recién hechas desde las siete; sembrar, alimentar, cuidar, reparar, descansar, son tareas y actividades que ocupan a la gente hasta llegar a las cinco o seis de la tarde, momento de planear las actividades que vendrán al otro día. Luego de las siete, “aquí se rompió una taza y cada quién para su casa”.
Es cierto que describo más un campo que alguna vez fue, pero ya no es, desde hace mucho tiempo se ha mezclado con los hábitos venidos de la ciudad. Un ir y venir de hábitos. La ida y venida de la diurnalidad y el noctambulismo. Tan cierto como que un artefacto ahora se ocupe de los horarios de la mayoría de la gente, no importa dónde se viva. Esos horarios van más allá del día y la noche. Desfallecemos en los límites que los separan. Los campesinos, los citadinos, da igual, hemos encumbrado la vida a todas horas. Pero algo de primigenio aún vive aquí, eso que me hace querer salir a caminar mientras el sol barre la noche.
Alguna vez viví en la ciudad. Fueron ocho largos años en que mi diuernalidad fue puesta a prueba. Desde la primera semana pude percatarme que los seres citadinos tienden más a la maraña crepuscular y al vacío nocturno. Sí, esas dos fases que completan la rotación terrestre me parecen caóticas y necias. Hay una especie de alarma que se activa en sus cerebros luego de que comienza a bajar el sol. Es hora de hacer cosas y no dejar de hacerlas hasta que, por algún motivo irracional como dormir, diga que ya basta. El día, el día se llena de laxitud, decaimiento, aplazamientos, retrasos. El día pesa. Será que en la mayoría de la surbes el trabajo no considera que hay un momento para todo.
Pero, a pesar de todo, en este campo las personas aún vivimos de día. La luz es el elixir de la eterna juventud, es decir, es el momento oportuno de hacer cosas trascendentes, en pro de la comunidad y favorables para el ser mismo. Quienes no saben aprovechar la mañana, tendrán que aguardar las ajadas horas con el objeto de llegar al día siguiente. Los campesinos somos el gallo, la vaca, el conejo y el gorrión. Vivimos de día y descansamos de noche.
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