La mayoría de personas que transitamos el parque al mediodía somos personajes despojados de la prisa que impregna la cotidianidad de este siglo, o al menos queremos dar esa impresión. No siempre, en poco tiempo comenzaremos a convertirnos en aquellas que tiene que llegar a algún sitio o deben cumplir con alguna cita. Pero mientras llega ese momento, la hora transcurre y estamos aquí sin hacer nada, pero con la ordinaria sensación de estar esperando algo, como siempre pasa. Somos los Vladimires y Estragones sentados junto a un árbol, salidos de la mente perversa del mismo Godot.

Los adolescentes, quienes seguramente se han volado la clase de física, caminan con la inseguridad propia de su edad. Van extrañamente rectos, cuidando sus pasos, como si los contaran, como si todo mundo los estuviese viendo. Ahí vienen dos hombres que parecen rebasar los veinticinco, ya se les ha hecho una joroba como la mía, pero a cambio, ya no tienen tanta vergüenza. Los hay quienes ya rebasan los sesenta, adultos mayores que vienen a conversar, que no se apenan al detener a alguien que conocen, su día parece tener un poco más de horas que el resto. De pronto me hacen recordar el proyecto sobre tiempo libre que estoy llevando en la escuela; la mayoría de mis estudiantes dijo que sus familiares no tenían tiempo para liberarse de las preocupaciones diarias. Seguramente uno de estos viejos es pariente de la minoría que tiene una respuesta discrepante.
También el jardín suele estar ocupado por parejas. De hecho, siempre hay muchas y de distintas edades. Hoy, hasta donde mi vista alcanza a llegar, hay siete parejas que han venido a ver videos en el celular o a platicar. Dos parejas tienen un semblante más furtivo, como si estuvieran haciendo algo a escondidas, tal vez sea así. Las demás aparentan cierta laxitud, la cotidianidad permea su rostro. Pero estas parejas me gustan. Se han acostumbrado a estar juntas, y solo se abrazan mientras comparten el espacio, los silencios o la música.
Hoy, una pareja de jóvenes llama mi atención; ambos parecen tener menos de veinte, y dado los tiempos que corren, es muy probable que en menos de dos años ya no se hablen, pero ahora se abrazan familiarmente, comparten los mismos audífonos aún con cable; la chica se observa en el espejo del celular, mientras el chico contempla el panorama.
Aquí la mayoría tenemos el móvil en la mano, quizás todos estamos documentando lo que vemos o escribiendo una novela; entre tanto, los demás producen. Solos o acompañados. Excepto los adultos mayores. Ellos regularmente son más de dos y siempre están conversando. Quisiera acercarme, ser uno de ellos como dice el meme, aunque, a decir verdad, sería bastante extraño, más para mí que para ellos; la gente joven ya no se habla en estos lugares, salvo para venderte algo o preguntar alguna dirección.
Acaba de llegar un chico a sentarse frente a la pareja de jóvenes que antes mencioné, el novio se le queda viendo con desconfianza. Éste tiene unas trenzas en el cabello muy encantadoras que, junto con su piel morena y sus ojos avivados, lo hacen parecer alguien relajado, sincero. El otro joven, en cambio, tiene el cabello pintado de verde, trae piercings, usa anillos en todos los dedos de la mano, mira el celular mientras su rostro preocupado apenas si puede saborear el BonIce que trae comiendo. La chica ni siquiera advierte su llegada. Me da la impresión de que también viene a esperar a alguien. Lo he dicho antes, todo mundo está esperando algo o alguien aquí.
Incluso los viejos, aguardan que el tiempo se consuma. Ya han saludado a un médico, a una tal Doña Fran y a varios vendedores ambulantes. Recién percibo la presencia de otro viejo a pocos metros de mí; solo mira al vacío. Su semblante, como el de toda aquella persona que rebasa los ochenta, devuelve la memoria de los mejores y peores años de su vida, yo creo que todo el tiempo ha estado pensando en eso, porque su mirada extraviada busca en el piso las señales de no haber errado el camino. La esperanza de que no sea así. Nunca se sabe, me digo.
Paso un buen rato mirando al hombre, cuando de pronto he aquí un señor que ha llegado a sentarse delante de mí, le sonrío y me sonríe, pero pronto aparta la mirada, en estos tiempos hay que desconfiar de la gente, se dice y me digo. Qué extraños somos. Se va, al parecer también vino a esperar a alguien. Más allá hay tres amigas conversando a lado mío desde hace rato, no sé, no puedo captar si esperan a alguien más.
Pero mi mente se ha quedado donde la pareja. El chico ya la ha besado varias veces, la abraza; su postura indica que se siente poderoso, mientras la chica se vuelve a entretener con el celular. Quizás lo quiera menos, quizás esa sea su forma de querer. Él la quiere. Me enternecen. Si supieran que este momento que comparten juntos, tan simple, será quizá el que logre trascender el tiempo, la vida misma. Por momentos así, Ricardo se convirtió en el amor de mi vida.
Llega ante mí una señora mayor, me pregunta si no conozco a nadie a quien le pueda lavar la ropa. No conozco, le digo. Se va pensando en qué llevará a su casa de comer. Curioso que haya muchas mujeres mayores que se ganan la vida o se la quieren ganar. Este mundo, como dice la película, no es un lugar para los débiles, para los viejos, para los que ya no adornar el paisaje de lozanía y vitalidad.
Ha pasado una hora y todo el jardín se comienza a poblar, sobre todo de estudiantes que acaban de salir hace unos minutos. Gente que llega y se va, mucha no es capaz de quedarse quieta cinco minutos, sin embargo, no sé ve que tengan algún lugar a dónde ir, es como si la desesperación no les permitiera quedarse en algún sitio, quietos.
Jóvenes y viejos conviviendo en un pequeño cuadro de esta comunidad.
Hay una señora robusta que vende churros (de harina con azúcar), se acerca a mí y yo me quedo viendo los pequeños churritos que trae en la mano (de maíz, con chile y limón). Le digo que no, que gracias, que yo quiero de los que ella ha comprado. Deja su canasta a un lado y me invita; un poco titubeante, tomo un par. Luego de unos segundos, me animo a comprarle, me ha caído bien. Se ve cansada, descuidada, pero me ha regalado unos churros y un pequeño momento de amistad. Promete que me irá a conseguir más churritos mientras me invita de los suyos. Se va.
Los novios se siguen besando. Sus movimientos evocan mi etapa universitaria y las ilusiones de ese entonces, me recuerdan haber besado a hombres gráciles y primorosos, de los que no quería dejar de besar. Es entonces cuando el corazón se me hace grandote y chiquito, tal como el de la niña que juega mientras su mamá la reprende y ambas son felices con esos roles.
La señora regresa a decirme que no consiguió los churritos. Lástima. Pero me quiere dar los suyos. Me apeno un poco y solo le acepto dos más. Se va con una gran sonrisa.
La madre de la niña me sonríe y también un joven que ha observado la escena a una corta distancia. Contrario a lo que se piense, situaciones así ocurren a cada momento aquí en el jardín. Es fabuloso abrirse al mundo. Escuchar. Detenerse a mirar a quién tenemos a nuestro lado. Vivir.
Como hacen los novios, ellos ahora están más enrollados. Confirmo que ella también lo quiere. Debería aprovechar más la forma en que la mira.
Después de poco más de una hora, toda la gente es distinta, bueno, casi toda. Aquí siguen los novios, el abuelo mirando al vacío y las tres amigas.
Lo cierto es que todos somos gente que pasa, transeúntes y lugares sin anclar.
A los pocos segundos, los novios se van. Y yo también.
Volteo y me doy cuenta que mi lugar ha sido ocupado por un hombre con la playera de Tigres que bebe una Coca-Cola.
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