Entre aplausos y pendientes que la mayoría del pueblo de México finge no recordar, se va Andrés Manuel López Obrador y entra la hoy nueva presidenta, Claudia Sheimbaum Pardo.
«Es un honor estar con Obrador», se escucha antes y durante la ceremonia de investidura, misma que hoy reunió al Congreso de la Unión, a varios jefes de estado y a representantes de diversas organizaciones mundiales (España y Argentina las grandes ausencias). La aclamación es para AMLO, hoy por muchos considerado el mejor presidente de México. El nombre de Claudia se pierde entre los gritos de júbilo que pretenden no dejar atrás la pasada administración, y, sin embargo, hoy tenemos una presidenta.

Dice Sheimbaum que es tiempo de mujeres, tiempo de paridad y de lucha social. En su discurso hace alusión a las palabras de varios personajes femeninos que a lo largo de la historia se han pronunciado al respecto. La noticia, es precisamente esa: «las mujeres podemos ser presidentas», dice, y alude a la trascendencia de pronunciar «presidenta» y no «presidente», «porque solo lo que se nombra, existe». Claudia hoy se pronunció en nombre de todas las mujeres que han luchado por sus sueños y no lo han conseguido, por aquellas que no han podido alzar la voz y por las que han tenido que callar; por las mujeres indígenas y las trabajadoras del hogar; por quienes encontraron en su soledad la manera de ser fuertes; por las madres que nos dieron la vida y por las que no han podido emanciparse de un destino fundado en los estereotipos y las tradiciones machistas; hoy llega al poder, señala con brío, las hijas y las nietas que han soñado con la posibilidad de realizar sueños y deseos sin que su sexo determine su destino.
El discurso también se vuelca sobre la historia, las raíces que siempre se han llevado como estandarte en un México que sigue buscando enérgicamente un símbolo identitario. Se reafirma la gran nación que somos, la cultura rica de la que somos parte, la independencia y la urgencia por poner a la patria «por delante de todo». Se pasa revista a los tantos luchadores sociales que desde el siglo XIX han luchado por la liberación de nuestro pueblo y han buscado la democracia; Flores Magón, los mineros de Cananea y Río Blanco, las sufragistas, los jóvenes del 68.
Llegamos a la Cuarta Transformación y estamos mejor que antes, dice, seguimos siendo ese país de hermosos paisajes, pueblo generoso, solidario y sabio; hay que estar orgullosos de ser el sexto destino turístico y la onceava economía más grande del mundo. No ha sido precisamente el liberalismo quien nos ha traído aquí, sino el humanismo mexicano, afirma, ese que ha logrado una transformación profunda en nuestro modelo de desarrollo. «Primero los pobres», «no puede haber gobierno rico con pueblo pobre», «la austeridad republicana», «la autoridad moral», «con el pueblo todo, sin el pueblo nada», «prohibido prohibir». Nos hemos levantado de las cenizas.
El gobierno de Sheimbaum seguirá promoviendo la libertad como principio democrático, nunca se reprimirá al pueblo con la fuerza, no habrá autoritarismo, la política exterior seguirá respetando la no intervención y la solución pacífica de conflictos, se seguirán dando becas al por mayor a niños y niñas, adolescentes, jóvenes, adultos mayores, madres solteras. Se harán más escuelas, sobre todo instituciones de nivel medio superior y universidades. Se otorgarán créditos para que los jóvenes adquieran su vivienda o facilidades para que puedan rentar e independizarse. Se construirá el doble de kilómetros para trenes de pasajeros. Más caminos, puertos, aeropuertos y carreteras. Soberanía y autosuficiencia alimentaria, no siembra de maíz transgénico. Ahora sí habrá regulación de las concesiones para garantizar el agua como recurso nacional. Ahora sí se van a limpiar los ríos y lagos. Seguirán los «abrazos, no balazos»; nada de guerra contra el narco; eso sí, toda una serie de instancias coordinadas que atiendan las causas y logren cero impunidades.
Es el pueblo el que llega al congreso, afirma, la cuarta transformación nos dio la libertad y el poder, mismo que no se nos podrá arrebatar. Es científica, política y mujer de fe, es la presidenta constitucional de los Estados Unidos Mexicanos.
Todo termina con un «Viva México».
Entra Claudia Sheimbaum, y con ella la herencia de todo un sexenio que muchas veces se limitó a decir que el pueblo era sabio y los abrazos eran la única respuesta ante un estado de derecho fallido. La historia los juzgará, han dicho ambos mandatarios, y de cierta manera tienen razón, pero también sabemos que la historia es una trama construida de ficciones que solo pretende dar sentido a toda la sinrazón que mueve al mundo.
Sabemos que en México, AMLO ha representado desde un primer momento la «esperanza de México», desde esa necia perspectiva que busca a un presidente que venga a salvar nuestros traseros del progresivo y acelerado presente globalista y capitalista, pero, sobre todo, del hiriente y pesaroso pasado, construido sobre una base de desigualdad y vergüenza.
Muchos mexicanos vieron y seguirán viendo al expresidente como el Quetzalcóatl prometido del pueblo azteca. Y la verdad es que con ello se ha encumbrado también toda esa ideología de pueblo oprimido que terminará por hundirnos. Desde afuera, los graves problemas del mexicano contemporáneo se limitan a la violencia, la pobreza y la desigualdad. Dentro de nuestras fronteras, se ha acrecentado un problema aún mayor: la indiferencia colectiva ante una identidad que nunca ha logrado consolidarse, sobre todo por parte de nuestros jóvenes.
Sabemos que quedan pendientes en temas de corrupción y complicidad: a ver a dónde los lleva el pacto del Estado con el narco; la presencia voraz de los carteles en casi todos los rincones del país, porque hasta una pequeña tienda de un pueblo cualquiera, debe pagar derecho de piso si quiere seguir funcionando; el tema de Ayotzinapa y los miles de desaparecidos por parte de los grupos criminales y de los mismos gobiernos locales; los salarios risibles y la explotación laboral que deja a las personas sin ganas de vivir; una población cansada que encuentra en La casa de los famosos una forma de escapismo.
Nos quedamos, eso sí, con una reforma educativa sin pies ni cabeza, basada en el humanismo, pero sin espacio para verdaderos humanistas dentro de las aulas. Nos quedamos con un país donde el desempleo es la realidad de tantos y tantos jóvenes, fenómeno que ya no causa más preocupación, sino sirve de justificación para entrar de lleno en prácticas de corrupción, ilegalidad e insensatez. En el México real, un obrero gana lo mismo que un egresado de universidad. En el México del 2024, un joven con título y sin afán de emprender, debe trabajar entre 12 y 14 horas para una empresa, muchas veces trasnacional, mientras su salud física y mental se ve mermada hasta niveles sacrílegos. Adicciones, negocios ilícitos, el llamado aspiracionismo de la peor especie y, de fondo, unas guitarras melancólicas, tal como se representa en los llamados corridos tumbados.
Se va el mejor presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, el personaje más amado, solo comparable con Lázaro Cárdenas. AMLO, el presidente más carismático y amoroso. El único que de verdad recorrió el país rural, desventurado, ansioso de esperanza. Creo que siento un poco de nostalgia al mencionarlo, pues en 2018 le di mi voto de confianza y, sin embargo, hay cosas que lo rebasaron y van a terminar siendo factores que puedan hundir el barco de la actual mandataria. Lo que dejó de hacer es lo que va a terminar de juzgarlo.
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