Te zanja un poco el alma, un poquito más de lo que se zanja el alma de quienes conviven con niños. Así sean los adultos menos bordes que existen. O así sean los niños más silenciosos y taciturnos que hayan pisado esta faz. Es que ser adulto es una cosa y vivir en medio de tanta adultez es otra. Los niños guardan esa simpleza de lo tonto y lo directo. Con los mayores, cada uno va cargando su verdad a cuestas, sus humores provienen de los meses con fallos y los días que se completan con un “ya para qué”. Sería estupendo conservar la lozanía de una respuesta que no guarda un poquito de hartazgo en la parte final de la oración, pero se nos resbala ese mal día, esa cara que, al estilo de un cajero, ya tiene las pelotas más que rotas.
Soy de las adultas que tuvo que elegir no ser madre. A mis 35 ya me ha quedado claro que no fue una decisión totalmente libre, las circunstancias se fueron cruzando una por una en el calendario y heme aquí, sin niños, como tal vez les ha pasado a otras tantas. Pero tampoco afirmo que no tuve algo que ver, más atravesada que mis circunstancias, está mi decisión llevada hasta las últimas consecuencias de vivir mi vida como creo que debo vivirla, y sin esas condiciones, no vale el deseo o la necedad de completar el checklist de la naturaleza humana. ¿No es eso lo que nos distingue también de los animales? Ir contra la naturaleza, desobedecer, aunque se nos expulse del paraíso. He pensado en tener niños, o adoptar unos o mudarme a una vecindad donde los niños suelen permear el ambiente de algarabía. Porque, ahora que lo pienso, de eso se trata, de rodearme de algo que no tenga que ver con pagar cuentas, comenzar a cuidar el cuerpo que ya no da para tanto y ordenar la existencia.
Niños. Quizás estoy pensando en infancias que ya no existen, un modelo de niño que nunca fui, y que cada día se les ve menos por estos lares, niños felices y sin problemas, ¿así debería ser la niñez, cierto? El mundo todavía como un lugar seguro, donde el único referente de probable maldad proviene de lo que nos toca diariamente y no de esos fantasmas y monstruos que pueden tragarnos aun estando del otro lado del Atlántico. Aquí en Latinoamérica últimamente abundan muchos de esos. Yo quiero imaginarme rodeada de esa niñez utópica que corre de un lado para otro, que grita de felicidad y enojo. Berrinches y trompetillas. Aunque, a decir verdad, eso también me chingaría un poco el ánimo, ya no estoy para esos trotes. Sospecho que generación millenial nunca estuvo para eso, por ello la soltería nos aja un poco más, preferimos vaciarnos en espacios pet frienfly, minimalistas y con olor a hierbabuena.
Miento. Tengo muchos colegas que pasan de los treinta y tienen una familia más que conformada: padres y madres con responsabilidades más grandes que la oficina, limpiar la casa y pasear al michi. No sé, muchos verán un poco de vacuidad en esto último, pero es que ya no estamos en edad de levantarnos en la madrugada para ir a comprar la cartulina y el disfraz de Halloween. Caray, pedir dulces y disfrazarme, eso no se hace aquí, donde ya todos rebasamos la edad de la punzada y el sillón es el mayor aliado. O, en todo caso, correr, escalar cerros, hacer eso que dice la gente que no se conforma con lo que sea que haya que conformarse.

Dice mi hermano que ya no hay mucho que aprender. Ya estamos pasados de moda. Y muchas veces le doy la razón, de dónde se saca uno el humor con olor a flores. Este humor se mejora un poquito con bastante ejercicio y rutinas de meditación, porque ya no hay mucha hormona de la juventud por aquí. No se me alborota más que el pelo que ya comienza a escasear en algunas zonas. Buscar peinados, videos de estilo y recetas, eso termino haciendo muchas veces. La edad de la punzada se convirtió en un chiste, y mal contado, para acabar. El cliché de toda época en declive.
Pero miren, en los crepúsculos más resplandecientes, siempre tengo ganas de hacer rabietas qué terminen en la sonrisa cínica de alguien que todavía consigue lo que quiere. Acaricio al perro y enseguida me llevo a la boca un pedazo de pan. ¿Las bacterias? Son un invento de los adultos que quieren gastar más dinero en jabón y papel. Es importante tener actividades que no den mucho, solo esa sensación del tiempo muerto que no estaba tan muerto.
Renuncié hace un mes a una vida con más comodidades, hoy pienso que fue mi niña interior que solo quería escribir y jugar con el perro. Ya no me queda mucho tiempo para pensármela, la vida que tenía por delante justo está pasando por delante de mis ojos. No tengo hijos ni pareja. El páramo también se hizo mi casa, algo debo rescatar de este autodestierro. Ahora entiendo por qué dicen que los millenials somos adolescentes eternos. ¿Qué clase de cansancio es este? ¿Qué clase de cansancio nos vence ahora?
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