
Me pregunto cuántos asuntos, aparentemente irrelevantes, no se van; año con año se acumulan en el inventario emocional y energético que nos conforma. No son las gotas que derraman el vaso, son las que lo llenan. Este año, por ejemplo, perdí muchas cosas: vasos, sombreros, termos, guantes, aretes, monederos. Perdí cosas que no parecen tener mucho valor en el entramado espiritual o económico, pero sí en el simbólico. Extraviar por tener la cabeza en otra parte. Esos objetos que ahora yacen sabrá Dios dónde, me dicen que pasé la mayor parte de mi tiempo muy adentro de mí misma. O afuera. Para el caso da lo mismo. Son ese recordatorio de que necesito más presente, porque el pasado y el futuro son lugares muy poco confiables, un salar donde el espacio es más dueño de uno mismo y de sus trivialidades.
Y así como ya no me pertenece un sombrero amarillo que combinaba con la mayor parte de mi ropa y un vaso azul desgastado en el que trasporté agua durante casi siete años, ya no me pertenece ese pasado al cual todavía intento aferrarme por comodidad. Es un caos extraño el que nos aborda cuando queda un poquito de tiempo para pensar en lo que no terminamos de soltar. La necesidad del padre, la necesidad del perdón, la necesidad del mito que nos contamos una y otra vez para convencernos de que nuestra historia, por un momento, depende de alguien más: los astros, Dios, la suerte, el éxito, la trascendencia. Son muchas las entidades que pueden sostener nuestro asunto de vivir en lo que se reinicia nuestra capacidad de hacernos cargo.
Suelto todo y pierdo todo, menos la pregunta del “¿y si hubiera sido diferente?”. Es el “hubiera” que sobreviene con el paso de la vida: decir las cosas de otra forma, llegar a tiempo, no soltar esa mano que confiaba. No sabía —como parece sucederle a todos— que a cierta edad ese “hubiera” se convierte un poco en un lastre que nos lleva por calles equivocadas: avanzar cuando está el rojo, tomar el carril de baja, rebasar por la derecha.
Debo cambiar de carril, hoy, cuando me siento más encaminada hacia la muerte. No en el sentido catastrófico, sino en el de aquella vocecita que me dice “hoy puede ser el último día de tu vida, haz que valga la pena”. Eso que te pasa cuando llegas a la adultez y ya te crece la mortalidad en el cuerpo; ni siquiera son achaques, enfermedades o mirarte en el espejo y encontrar cada día más arrugas, sino ir encontrando poco a poco algunas respuestas en los colores del cielo o en la cara triste o aburrida de un adolescente promedio. Te encuentras con que ya no siempre es culpa del sistema, ni del amante, ni de la madre.
Lo que estoy tratando de soltar este fin de año es lo que, a largo plazo, me hará perder otro sombrero, otro guante, otro termo. Intento, apenas, estar donde pongo las manos. Que lo que toque no se me pierda por estar en otra parte. Mientras el presente no me guíe, con todos sus desperfectos, seguiré perdiendo cosas. Y algún día, si no presto atención, no sabré exactamente qué fue lo último que dejé atrás.
Dejar un comentario