Perro errante

Escrituras de paso en un mundo inestable


Vértigo+. Un breve apunte sobre la inestabilidad

Desde hace tiempo sufro —y vaya que hay días en que el sufrimiento va en serio— de vértigos. Comenzaron en diciembre del año pasado, y justo en ese entonces sucedió la etapa más aguda del padecimiento; el 2026 trajo una sintomatología un poco menos incapacitante, pero más consistente, y no se sintió como un simple paseo porque a ello se sumaron las propias complicaciones del día a día.

Acudí a varios médicos, me hicieron estudios, tomé terapia y nada. Con el paso de los días deduje que se trataba de una más de las secuelas del COVID-19, o incluso de las vacunas chinas y rusas que nos pusieron. Quizás una combinación de veneno y antídoto. Aunado a ello — y no quiero decir que soy una antivacunas—, sospecho que la precipitación con que se distribuyeron las vacunas por todo el mundo no dejó margen para conocer los posibles efectos secundarios a mediano y largo plazo.

También, con el transcurso del tiempo, y a medida de estar compartiendo mis sentires con la gente que me rodea, me di cuenta de que no era la única: muchas personas ahora viven con el equilibrio hecho nudos, y algunos añicos, y me di a la tarea de consultar datos estadísticos oficiales sobre la frecuencia de visitas al neurólogo o al otorrino por causas de VPB (Vértigo Paroxístico Benigno) o de vértigos periféricos, y no hay aún investigaciones al respecto, pero el “boca en boca” me dice que ha ido en aumento. Presiento que, en lo que resta de década y sobre todo en la siguiente, conoceremos las secuelas reales de una pandemia que aún no ha terminado.

Todo esto me dirige a una situación en la que no puedo ni quiero limitarme al aspecto clínico, a lo que el sector salud puede permitirse atender. Hay algo que venimos arrastrando desde el 2020. El vértigo es el síntoma que determinó el 2025, porque ¿a quién no se le movería el piso, se le nublaría la vista, le reventaría la cabeza y la orientación se le descolocaría con tanta guerra, desinformación, hiperproductividad, posverdad, mundos virtuales, aceleración, estancamiento, deconstrucción? Somos la repetición en bucle del Koyaanisqatsi, más de cuarenta años después.

No es casualidad que los vértigos sean una de las manifestaciones más recurrentes en personas que enfermamos. O que vivimos el encierro de forma prolongada. O que trabajamos en línea. O que por varios meses tuvimos que convivir de forma obligada con familiares o personas más cercanas. O que durante ese periodo nos suscribimos a Netflix, Amazon Prime, Disney + y demás plataformas para cubrir el hueco del tiempo que desde antes ya nos comenzaba a apartar de las calles y del contacto humano. O que hayamos adquirido rituales, modos de ser y estar en un lugar donde a veces ya nada parece tener un orden interno. O que a partir de algún tiempo volvamos a buscar en la espiritualidad un terreno fértil para sembrar nuestras dudas, miedos, imposibilidades, desbalances, mundanidad. ¿No es por esa causa que hay un boom de cuentas en Instagram que nos leen el tarot, nos repiten una y otra vez las virtudes de escorpio, capricornio o géminis?, ¿la iglesia ya no parece tan siniestra y otra vez es un lugar donde el alma puede encontrar un momento para estabilizarse?

Al principio creí que los vértigos eran míos, un producto de mi forma de vida: estar enganchada con una persona evitativa, haber agarrado varios trabajos que mermaban mi decadente juventud, será por haber desperdiciado mi tiempo en redes sociales y en ocupaciones que no trascienden más allá del día, o quizás es por no haber sobrellevado de mejor manera la enfermedad y muerte de mamá, seguro será por las discusiones con mi hermana o por haber adoptado un perro demandante, o quizás porque he postergado la decisión de tener hijos, o quizás por asustarme cada vez que me duele la cabeza, pero es que mi tía falleció de un tumor en el cerebro y qué tal que lo heredé.

Pero luego salí y me di cuenta de que todo mundo carga con sus propios vértigos: compañeros de trabajo, amigas, parientes cercanos, parientes lejanos, personas que comentan los videos de YouTube relacionados con la rehabilitación vestibular, la maniobra de Epley o las secuelas del COVID. Resulta que a todo mundo se le mueve el piso, que no todos se encuentran seguros de mantenerse en su centro el día de mañana, que ayer no pudieron avanzar y la cama ya parece la única forma de saberse a salvo (horizontalidad 1 – 0 verticalidad), la preocupación de que un día caigas y nadie te sostenga no es una angustia injustificada que se instala en la mente por las noches, sino la secuela social de un mundo que no nos pertenece, y no es que algún día haya sido nuestro, es que la certeza ya se está asentando en nuestros barrios y calles, en la cocina y el baño.

El vértigo regresa de vez en cuando, pero ya no me asusta. Ahora mismo escribo con vértigo. Ya me acostumbré. Así como ya me acostumbré a que en mi país hay que esperar a que el temblor pase por sí solo, que la respuesta siempre sea ambigua, que como dicen, Dios da y Dios quita. Que la vida no es una montaña rusa, sino la persona que va en ella.



4 responde a “Vértigo+. Un breve apunte sobre la inestabilidad”

  1. Avatar de Paseando de nuevo por la vida
    Paseando de nuevo por la vida

    Me ha encantado ese llevar lo físico a otros vértigos. Alguna vez he pensado y escrito sobre ello, y como dices , al final la persona es la clave, y el cuidado. Gran descubrimiento tu blog

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    1. ¡Gracias!, muchas veces cuando aceptamos cierta condición y la atendemos, deja de pesar.

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  2. Hacía tiempo que no leía o escuchaba sobre el bucle del Koyaanisqatsi y no descarto que regresemos hacía él, porque la sociedad nos empuja a una vida de desequilibrio cada vez mayor, entre nuestro modo consumista de vida y la naturaleza que nos rodea. Ánimo y suerte con los vértigos. Saludos.

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    1. Claro, ya como humanidad somos una secuencia más y más caótica. ¡Gracias por los ánimos! Afortunadamente me han permitido pasar un buen fin de año. Saludos. 🐾

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