Perro errante

Escrituras de paso en un mundo inestable


Agujeros de guion

Ayer por la mañana, mi atención estaba retenida por una línea de Good Pop, Bad Pop: An Inventory, el segundo libro de Jarvis Cocker, la cual dice lo siguiente:

¿Qué pasó cuando terminé la escuela? Pasó la vida.

Sin un contexto claro, podría sonar a una sentencia pesimista, como un rebobinado que hace una persona que ya ha vivido suficiente y se percata de que su tiempo ha pasado, y tan ha pasado, que ya no importa cómo. Además, no solo se han esfumado los que son o pudieron haber sido los mejores años de su vida, sino las infinitas oportunidades que parecían garantizadas. Vamos, ya ha completado la mayor parte de ese guion que lo llevó a recorrer el viaje del héroe, mientras rodaba una piedra cuesta arriba y esperaba, junto a Vladimir y Estragón, la llegada de un tal Godot. Todo en todas partes al mismo tiempo.

Si lo pensamos, seguir el guion es relativamente sencillo —un recorrido frágil de caminos ya trazados por decenas de mujeres y hombres que nos han precedido—: hay partes que son innegociables, al menos si eres de la clase trabajadora, como tener un trabajo; rechazamos otras secuencias por inercia social, síntoma de nuestros tiempos, o por mera desidia; hay fragmentos que desbordan drama y por eso nos seducen; otras veces solo se sigue rodando no sabemos qué más hacer con nuestras horas.

Es así como ningún guion es inmune a los atajos, errores o lagunas. Y si dejamos de aferrarnos un poco a la idea de secuencia, esos espacios vacíos pueden redireccionar un sentido por otro. Nos encontramos con largos periodos de aparente ausencia que ocupan no poco lugar en nuestra memoria. Mientras que en una película los agujeros de guion son considerados errores en la secuencia lógica del argumento, en la vida cotidiana son aquellos que dan la singularidad a ese sentido por el que transita nuestra vida.

De esta forma, Jarvis no es tan pesimista cuando dice: “pasó la vida”. Pienso que se refiere a lo que naturalmente pasa cuando el guion también necesita algunas líneas escritas por el personaje principal, muchas, de hecho, y porque ahora ya tiene la oportunidad de improvisar y elegir—los padres dejan de hacerse cargo de tu educación, debes hacerte de una profesión, pagar un cuarto, buscar la comida, elegir un trabajo que no odies tanto, conseguir una pareja—. Estas improvisaciones y elecciones muchas veces no serán documentables: el gran plan necesita germinar.

Llegado este primer momento cumbre en la vida de un individuo, a veces solo hay que elegir el tiempo. Jarvis lo hizo. Improvisar sin prisas, dejando que el día a día hiciera lo que tenía que hacer. Y así fue. Después de terminar la educación media, se dedicó a vivir, tal es que, entre un primer concierto y su primer gran éxito pasaron casi 15 años. ¿Qué hizo entretanto?

A ese entretanto es a lo que muchos le temen, antes y después. La temeridad con que el presente nos va mostrando su espada, y nosotros apenas intentando reconocer el libreto que ya fue asignado. Ir pasándola mientras construimos algo propio si es posible, porque muchas veces no lo es. Sabemos que la cotidianidad nunca nos ha temido y solo nos podemos defender germinando al menos una buena línea, acercándonos a la fórmula que le dará la victoria al héroe, esa idea por la que siempre valdrá la pena atravesar el tiempo, —o será que la idea es la que cruza por un sinfín de días a pesar de nosotros—. No es el aburrimiento o la necesaria tarea de darnos vacaciones, son esos años donde solo nos ocupamos de rodar con el mundo, sin preocuparnos a dónde no lleve, si estamos corriendo muy afuera del camino o demasiado dentro de él. Esos años que nos permiten realmente ganar nuestra propia libertad. Es un mano a mano con el tiempo.

Recuerdo haber escuchado a muchos adultos decir que la rutina se adueñó de su tiempo tan luego cumplieron los dieciocho años. Pensaban hacer algo fantástico en esa vida que tenían por delante, vivir como si fuera el último día de la vida, amontonar experiencias inolvidables y hechos que dieran para escribir una pila de libros cuando llegara la jubilación.

Pero ¿acaso hay jubilación sin trabajo monótono? ¿o se referirán a la jubilación de esa vida soñada que a muchos se les prometió tener, llena de eventos trascendentales e instagrameables?, ¿a qué tipo de vida se referían algunos profesores y tarjetas de graduación cuando hablaban de hacerse una vida “extraordinaria”? Muy probablemente la estamos viviendo, pero tarde o temprano se nos olvidará, y como estamos tan acostumbrados a no anotar nada, parece que la vida a esa edad tendrá muy pocas cosas que contarnos en relación con los 18 250 días que ya habremos agotado.

Muchas veces me he preguntado si no tuviera esta pasión por las letras, ¿qué tendría? ¿Podría acaso con la exuberante realidad? ¿Me bastaría con dormir, comer y trabajar? ¿Saber que conocí una persona el día de hoy? ¿Disfrutar de una canción en bucle desde la salida del alba hasta la puesta de sol? Lo he intentado y no ha salido del todo mal. Yo, al igual que Jarvis, necesitaba ese gran agujero de guion que me agencié durante años; y supe que había terminado cuando me abordó ese momento donde acabé el trabajo, me harté de Netflix y no me apetecía ver a nadie. Entonces me pregunté, ¿y ahora qué?



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