
Todo lo que recuerdo de mis primeros días en la tierra es mi temor creciente hacia la música.
Desde la primera vez que reconocí a mamá, ya estaba ahí, no se iba, me vigilaba mientras anhelaba el abrazo, el calor y el alimento, mientras me asustaba lo negro que se pintaba la habitación antes de dormir, era la noche misma, ese otro lado de la puerta que nunca podía mirar. Muchas noches recé para que se fuera, para que al amanecer la luz trajera el silencio. Un silencio tejido de mamá, de muñeca, de columpio que lleva lejos de la tierra.
Así pasaron los días, los meses y los años. Y las notas se fueron perdiendo entre mi suéter, debajo de las mangas, atado a mi cabello, sujeto a mis calcetas, oculto en mis bolsillos. Para ese entonces ya eran el color del fondo y de la forma. El color de los fuegos que en mis sueños abrasaban la casa. Conmigo adentro.
La música y mis nervios eran uno, hasta que el sonido colapsó.
Fue un día que regresé a casa. Solo se escuchaba la lluvia desde que salí de la escuela. Los truenos me persiguieron por todo el camino. Corrí y corrí. Crucé la puerta y del otro lado, no era la mano con sombra, sino la canción que contenía la belleza de todos los silencios del mundo.
Esa tarde hice las paces con ella.
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