
Me he cansado estos días por falta de respiración y de silencio. Una respiración virtual, hecha con Inteligencia Artificial, porque sí, ya estoy comenzando a necesitar un poco de eso, aire digital que, por cierto, no me cueste más de medio litro de agua embotellada.
Detenida en esa idea, soy consciente de mi nueva identidad que parece haber estado siempre ahí, multiplicada dentro de cada perfil. Más que persona, soy usuaria, y ser usuaria es más importante que ser cuerpo, que ser tradición. Me pierdo en esa forma de mirar el mundo, de caminar a través de sus postales, de necesitar más que el oxígeno para vivir.
En mi biografía ya no me llamo como solía llamarme, sino como necesito ser nombrada, ser humana sin mostrar mi pequeñez; una usuaria que ya no está hecha a imagen y semejanza del dios imperfecto e injusto. El aire no pasa por mis pulmones, sino por mis dedos: deslizar, deslizar. El tiempo rueda como moneda de cambio, y yo, triste holograma de Lucilio que no aprendió a vivir, la última versión no actualizada.
En esta palestra no solo se ahogan las ideas; flaquea el cuerpo, cede el gesto, agoniza la persona. Sobrevive el ciborg, listo para la guerra, sin pólvora, sin barro, sin sepulcros. En esa pulcritud con que avanza el algoritmo, me resulta más difícil reconciliarme con el mundo.
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