Perro errante

Escrituras de paso en un mundo inestable


Martes

Cada martes hago lo mismo: tomar la bicicleta y recorrer 2 kilómetros, caminar hasta la parada, tomar el transporte público, caminar otro kilómetro. Hay una ligera variación de tres a cinco minutos entre un martes y otro, y curiosamente ni siquiera depende de mí, sino de algún accidente, de algún pasajero que demora en subir, más pasajeros que bajan, más pasajeros que abordan. Mi paso es el mismo y las veces que la rueda de la bicicleta gira, también.

En la escuela converso con algunos profesores y estudiantes: cómo estás, ya no te he visto, ya pasaste calificaciones, me revisa mi trabajo, hace calor. Cada vez me siento más distante de ellos y de mí, cada vez soy más y más superficial, como si habitara menos la tierra, mi voz, nuestra humanidad. Adiós alumnos saltando las ventanas, cantando y recitando la poesía del mundo, adiós a las risas de pasillo que surgen de forma espontánea, adiós a la música de fondo que nos empuja a lo mejor o lo peor de nosotros.

¿Soy yo? ¿Soy ésta que ya no está perdida? ¿Soy ésta que ya puede mirarse al espejo y encontrar el mismo rostro cada día? Porque es así, ya me encuentro cada día en el mismo espejo, dentro de la misma habitación, con la misma expresión que busca no acelerar la propagación de arrugas. Todo cada vez es más automático, más problema de fuera y menos disturbio interno.

¿En qué momento pasó?, ¿hace cuánto dejé que la secuencia de los días se superpusiera a la secuencia de mi vida? Según las escalas que miden este tipo de cosas, a la mayoría nos pasa a los treinta. Yo digo que fue cuando dejé que los chistes de mis estudiantes ya no me dieran risa, cuando empecé a llegar cada vez más a tiempo, cuando comencé a planchar toda mi ropa, doblarla después de lavarla, acomodar los platos por tamaño y por color, a sacudirme los pelitos del perro, a combinar escrupulosamente mis atuendos, a evitar mojarme cuando llueve.

De repente todo es tan automático: los horarios, el paisaje, la música. De repente el día ya no es una oportunidad, sino una unidad de tiempo que hay que descontar del total de la cuenta. Y las cuentas por pagar ya se anotan en la agenda.

Me siento cómoda aquí, en este transporte que me lleva, junto a otros cuarenta pasajeros adultos, a casa, a un no-lugar, que ya todos se parecen. Tal vez de eso se trata también, de estarse cómoda y con sueño, de estarse tranquila, sin querer cambiar el mundo, que de ello ya se están encargando algunos otros. Estarnos muy comoditos en nuestras rutinas, que para eso nos las construimos.

Este día llueve mucho y a mí no me alcanza a mojar ni una gota, aunque ahora que recuerdo, ayer fui a buscar un árbol que deseo plantar en la tumba de mi perro, quien desde hace dos semanas no me acompaña más en este mundo. Por ahora quiero pensar que todo sería menos sepia si él se asomara a mis días.

He aquí unas lágrimas que logran una ligera variación a este martes.



Dejar un comentario