El género epistolar me estremece.
Dado este hecho, desde que comencé a escribir, casi siempre he terminado con la redacción de alguna correspondencia: a mí, a un extraño, a un amante.
La siguiente carta la escribí el día en que María, una de mis mujeres favoritas, amiga y hermana, hermana y amiga, cumplió 30 años, edad que para muchos significa el cruce de un umbral más o menos importante, yo aún lo desconozco.
Lo escribí para ella, pero también pensé en todas las personas que, a sabiendas de lo absurdo que es este existir, quieren vivir por siempre. A ellas también, como amigas y hermanas, les regalo mi sombra.
07/06/16
María
Si algún día ya no te puedo ver, o se me olvida de pronto lo que puedo recordar, te regalo desde ya una sombra sincera sobre la cual puedes apoyarte, incluso en la oscuridad.
Ya no pude obsequiarte algo en tu día, no tanto por avara, sino porque no encontré algo adecuado para ti, pues he descubierto que eres complicada, más de lo que pensé. En realidad, sólo quería regalarte unas cuantas palabras, pobres y pocas, pero valiosas en tanto pueden expresar un poco de lo que siento.
Te agradezco que estés ahí siempre, siempre. No es posible prometer que así será por mucho o poco tiempo, pero lo has hecho y has sido una buena hermana, mujer y persona. Gracias por escucharme y no cobrarme por ello.
¿Qué podría escribir? Se me ocurre algo que suene desgarrador, porque muchas veces a eso suenas. Y me refiero a la manera en que puedes ir cambiando tus sueños por otros, la peculiar forma en que destruyes poco a poco lo malo y vuelves a reconstruir lo desgastado, a matar lo que se pierde en la banalidad de lo cotidiano; vas en busca de lo esencial, de una humanidad, de algo sensato y sincero. Has aprendido mucho de la vida.
Sí, ya sabes que eres una de mis personas favoritas. Y quiero escuchar lo que tienes que decir al respecto de cualquier cosa: escucho parte de lo que eres y de lo que en un futuro quieres ser y dejar de ser, de lo que te disgusta, de la hoja que en estos momentos quieres dar vuelta porque ya se está saturando de lecciones.
Te digo que no temas. El futuro está lo suficientemente lejos de este presente tan extenso como el mismo mundo. Y que además, ese presente próximo será tan bueno como los días soleados y azules que tanto te gustan.
Cómo el día en que volamos el cometa.
¿Dicen que eres buena en lo que haces? ¡Por Dios¡ También eres Rembrandt. Sigue llenando tu tiempo con aquello que te haga cambiar y evolucionar hacia lo sublime, que haga germinar lo mejor de ti.
Tu tiempo es lo único que tienes, así que no lo regales a las personas para quienes un segundo vale menos que una triste y solitaria moneda. Sé que no lo harás.
En fin. Me gusta que anotes ideas que pueden cambiar de un día para otro nuestra forma de ver la vida. Me gusta que estés siempre en busca de esa utopía que muchos hombres y mujeres han dejado de buscar desde hace tiempo.
Me gusta encontrarte de pie a los treinta años.
Pero lo que más me gusta de todo este asunto es que seas tú quien regrese a casa y yo pueda contemplar ese retorno.
Te comparto un fragmento de mi poema favorito, escrito por mi poeta favorito, Walt Whitman:
Para ti:
Y yo he dicho que el alma no vale más que el cuerpo,
y que el cuerpo no vale más que el alma,
y que nada, ni Dios, es más grande para uno que uno mismo.
Y aquel que camina una sola legua sin amor, camina amortajado hacia su propio funeral.
Tú y yo, sin un céntimo, podemos comprar el pico más alto de la sierra;
y el fulgor de una pupila
y un guisante en su vaina
humillan toda la sabiduría del mundo.
No hay otro oficio ni empleo que aquel que enseña al mozo a ser un héroe.
Y por blando que sea un objeto, puede ser un día el eje en que descanse la rueda del universo.
Y digo a todos los hombres y mujeres: Serenad vuestro espíritu frente a los universos infinitos.
Y digo también: No os preocupéis de Dios.
A mí, que todo me preocupa, no me preocupa Dios.
No me preocupan ni Dios ni la muerte.
Yo oigo y veo a Dios en todas las cosas, pero no lo comprendo,
como no comprendo que haya nada en el mundo más admirable que yo.
¿Por qué voy a empeñarme en que Dios sea otra cosa mejor que este día?
En cada hora hay algo de Dios
y en cada minuto también.
En el rostro de las mujeres
y en el rostro de los hombres está Dios,
y en mi propio rostro lo veo también cuando me miro al espejo.
Encuentro cartas de Dios en la calle,
cartas firmadas con su nombre
y no las recojo porque sé que en cualquier sitio encontraré otras semejantes.
Miles y miles me saldrán al paso, puntuales, por dondequiera que camine.
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