El hombre estaba ahí sentado. Lo vi desde que doblé la esquina cien metros antes de pasar frente a él. Lucía como un bulto de mazorcas, lleno y pesado, a punto de venirse abajo debido a que había sido mal colocado. Conforme fui acercándome, percibí todavía más su mirada mezquina y la voluntad entumida que yacía a un lado de los adobes.
Hoy era lunes. Varios hombres trabajaban en la construcción de una especie de capilla que habían comenzado a edificar hacía un par de días. Algunas señoras venían del mercado, cargando grandes bolsas llenas de chicharrón de cerdo, jamón, queso, yogurt, cilantro, aguacate, papas y chiles para la semana. Otras más iban a recoger a sus niñas o niños a la primaria del pueblo contiguo, caminando o montando en bicicleta; parecía que era lo primero que hacían ese día, pues venían pesadumbrosas y con los ojos irritados por tanto ver televisión.
El anciano las enjuiciaba, o al menos eso parecía; sacudía la cabeza cada vez que alguna parecía saludarlo con el mismo pesar de su caminata. A cada una la seguía durante un lapso exacto, momento que le serviría para recordar a cada una la posesión de un cuerpo de mujer, tentador, traicionero. Desde hacía tiempo llegué a la conclusión de que bastaban ocho segundos para que las mujeres se sintieran sojuzgadas por el anciano, y que, si durante la noche se habían redimido de aquello que las hacía huidizas, al pasar frente a su casa volvía a ellas una especie de invisibilidad necesaria y perturbadora.
Ese día seguí caminando, retardando mi presencia frente a él. Sin embargo, sabía que, en cuanto me viera, me ficharía con la misma sospecha perturbadora de siempre, desde aquella silla desvencijada y eterna, hecha con palmas; brincaría sobre mí, como cada día, el recelo acumulado durante todos los siglos que lo mantenían como el gran juez.
Pero también sabía que era inevitable. Así fuera la media noche o las once de la mañana, recorriera la misma vereda o eligiera los otros tres caminos que llegaban hasta mi casa, siempre pasaría delante de él, y siempre estaría ahí, vigilando, resguardando su presencia. Sí, era inevitable. Pero al mismo tiempo esa certeza inquietante me hacía regresar cada día por el mismo sendero: querer verlo ahí, mirándome, perplejo y porfiado a la vez, junto a una presencia aún más perturbadora que él.
Era su nieta, una mujer con cara de niña y cuerpo de anciana, que siempre lo vigilaba desde el rincón que parecía ser el de una cocina, porque tras una tela vieja y agujereada que habían puesto como cortinero, se alcanzaba a verla sentada, junto a un fogón; también había varios clavos de los que colgaban cazuelas y cucharas de peltre.
Sabía además que el hombre tenía un nieto al que hacía doce años habían metido al bote por asesinato. Era de los malvivientes del pueblo, tenía un grupito de amigos con los que se juntaba para robar las borregas y el ganado en los pueblos aledaños. Un día, surgió una riña con un viejo, al que según descubrió violando a una mujer entre las matas del maíz de agosto; se lo echó. Por lo menos eso es lo que dicen aquí en la comunidad. El rufián vestía con pantalones de mezclilla largos, camisetas de mecánico, botines de cuero con punta y una gorra que parecía nunca haber lavado. Iba conmigo en la secundaria, para ese entonces ya se las amañaba para robarse el dinero de las niñas ricas y para volarse la barda antes de la hora de salida. Iba a terminar mal, decían los profesores.
Pero era ella quien vivía con el anciano. Era ella quien parecía dominarlo desde su escondite. Seguramente era ella quien, todas las mañanas, lo sentaba en esa silla, le ponía una cobija deshilachada sobre las piernas, colocaba sobre su cabeza un sombrero de tela sucio y amolado, le servía atole o café en el jarro negro y luego se metía a la casa para vigilarlo durante el resto del día. Imaginar tal hecho me producía una sensación nauseabunda y siniestra, como si la mujer esperara que el tiempo y el sol lo volviera un leproso y se pudriera en un solo día, que sus carnes expuestas se ulceraran y enfermaran de herpes; toda su carne como un trozo de buñuelo, desigual y con erupciones; que el sarpullido se extendiera a todo su cuerpo, viniendo debajo de la cobija. Que la urticaria y las ronchas lo enloquecieran hasta verlo muerto.
Así, el viejo y la niña significaban el momento de mayor expectación en mis días desde hace varios años. Siempre antes de doblar la esquina, imaginaba la escena donde dos hombres y una niña construían un triángulo imaginario, mientras se vigilaban entre sí, cuidando que el otro no se robara su espacio; cada uno se adueñaba receloso de su alma, como si algún movimiento en falso resquebrajara la geometría panóptica.
Cuando por fin se percató de mi presencia, el hombre pareció haber sido crucificado ahí, justo donde estaba su silla. Sin embargo, ese día su jarro cayó, derramando algo blanco sobre su cobija hedionda. Él no rechistó ante tal hecho. Pero su nieta pareció asomarse detrás de la cortina mosqueada tras escuchar el ruido pastoso del jarro al chocar con el piso.
Casi estaba ya frente a la casa cuando percibí el olor a podrido que parecía venir de sus ojos, de ellos y del interior de la casa. Me asqueó la fetidez de un olor parecido al pescado. Ese hecho me produjo un sobresalto, pues no recordaba haber olido algo similar durante todos estos años de curiosidad morbosa. Apresuré el paso, fueran ocho segundos o menos, sentí la necesidad de huir
de aquella escena lo más pronto posible. Pasé junto al viejo sin mirarlo, pero con la certeza de verlo ahí sentado, mirándome con sus ojos de piraña, o tal vez convertido en un sapo gordo a punto de brincar sobre mí.
No sé por qué motivo, lo saludé. Mi voz pareció haber hecho eco cien metros a la redonda. Quizás fue la necesidad de saber que aquel hombre era real, quizás sólo quería completar con su respuesta una de las escenas más pútridas que hasta ese día había conocido. Él no contestó.
Seguí caminando, pero tras varios metros delante de su casa, escuché un ruido que me hizo voltear. Pude ver cómo una mano jalaba la cortina y me detuve. No lo hubiera hecho. Jamás. Apareció una niña con la cara carcomida por los años, como si el sarampión y las arrugas se hubieran mezclado para crear el rostro de lo maligno. Salió. Su apariencia encorvada me recordó una gárgola posada sobre un castillo. Me miró y dijo algo ininteligible. El pavor me hizo congelar. Ella esperó mi respuesta, pero no hubo tal.
Se dirigió a la silla donde para mi sorpresa el viejo ya no estaba. Levantó la cobija rapiñada; se sentó, colocó la tela encima de sus piernas y contempló el otro lado del camino.
Ese día llegué diez segundos más tarde a casa, y con el alma vacía.
El hombre siempre estaba ahí sentado. Miraba el camino y esperaba, desconfiado, la venida de un joven que caminaba como calculando el momento exacto de brincar sobre él. Y es que estaba seguro de que él sabía el turbio secreto que lo colocaba cada día en el mismo sitio: el ansia de volver a la vida para seguir amando a la niña muda que desde hace muchos años se escondía entre los adobes viejos, debajo del tejaban y junto a los trastes sin lavar.
Cuando el joven pasaba junto a su silla ni siquiera podía moverse.
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