De los treinta me dijeron que tendría mis primeros achaques en la espalda y la cadera, me saldrían las primeras arrugas, iba a subir de peso; debido a las dolencias me haría vegan and mindfullness. Que tendría un trabajo cuya probabilidad de odiar sería de un 50%; en el caso de no tener pareja, la soltería sería la causa de volcar mi vida en la oficina. De estar en clara competencia conmigo o con mi generación, tendría la necesidad de hacer cuarenta y cinco cursos al año y llenarme de actividades para satisfacer mi ego. Si para ese entonces ya había vendido mi alma al sistema, sería de ultra derecha y lucharía por conservar mi camioneta y mi casa; de no haberlo hecho, tendría todas las tardes libres para buscar trabajo y las noches para escribir panfletos progresistas.
La crisis de los treinta llegaría, haciéndome consumir cremas, series de televisión, redes sociales, cursos para aprender algo, ideologías, filosofías, veinte mil proyectos con sus respectivas técnicas de relajación, una revolución en mi cabeza.
Pero no, no hay que creerse todo lo que se dice.
La verdad es que se comienza a ser más mesurado, a entender por fin ciertas canciones; a balancearte con las sonrisas de tus personas queridas; a considerar la posibilidad de no tener la razón porque descubres que hay miles de perspectivas queriendo cortar la soga que tienes en el cuello; a que no todo se trate de ti; leer otra vez como una niña, buscando la inocencia perdida; a disfrutar más de las tardes y las noches; a valorar más tus piernas por los kilómetros que puede recorrer y no por la apariencia que pueden tener. A bailar sin esconderte, a estar satisfecha con poder mirar los colores del día y los ojos de un perro; que la libertad individual no basta cuando hay muerte afuera de tu casa; que debemos luchar por más infancias felices.
Lo cierto es que esto no es de los treinta. Ni siquiera son cosas que deban aprenderse, solo forman parte de un un punto de vista. Y me siento bien pensando así.
Replica a Tin Cancelar respuesta