Subí al taxi alrededor de las dos de la tarde; tenía pensando ponerme los audífonos y disfrutar del viaje de regreso a casa. Un hombre de aproximadamente treinta años subió y se sentó junto a mí. Sentí cierto nerviosismo en sus movimientos, además de tener en su rostro una sonrisa encaminada a terminar en llanto. El chofer encendió el auto y dio marcha; entonces el joven sacó el celular y me lo mostró, así, sin más. Me desconcertó lo suficiente como para olvidar las preocupaciones que traía conmigo, y luego de cinco segundos durante los que titubeé, tomé el celular y miré una captura de pantalla que mostraba una conversación entre dos personas a través de Whatsapp. En cuanto tomé el teléfono, me pidió que revisara las cuatro imágenes anteriores. La conversación iba de dos personas que acordaban encuentros en varios lugares cercanos, con algunas excusas y emojis de por medio, pero al final con la disposición para encontrarse. Sospeché algo muy cruel, pero mi mente decidió evadir la idea. Me miró esperando la respuesta, no sabía qué decir, así que le respondí:
— Entiendo que ambas personas tienen encuentros, ¿usted y quién?
— Mi esposa y otra persona —, respondió. No supe qué decir y él comenzó a llorar.
Recordé a mi mejor amigo de la universidad, quien años atrás había decidido casarse sin invitarme a la boda y cortando toda relación conmigo, y quien precisamente hace un par de días me había enviado una solicitud de amistad en Facebook para contarme que estaba en trámites de divorcio y quería reanudar la amistad. Tuvo un hijo con ella, pero la mujer encontró a alguien mejor con quien pasar su vida y lo había abandonado. Menos mal que solo hay dos agraviados de por medio y no tres.
Ambos casos me trajeron a la memoria a mi prima, quien luego de vivir aparentemente feliz junto a su marido durante dieciocho años, decidió abandonarlo e irse con un compañero de trabajo; mejor dicho, lo invitó a desocupar la casa que habían construido a lo largo de los años (según me contaron, fue una noche en que el amante ya tenía su trasero en el sillón y sus manos en la cintura de mi prima); le pidió que se llevara a los niños. Algo similar le sobrevino a otro primo hace meses: la mujer le pidió el divorcio, pero al menos le dejó el hijo y la certeza de que regresaría por aquello de que hay que firmar papeles.
El hombre lloraba y yo seguía trayendo a la mente casos donde seguramente una de las partes había llorado tan desconsoladamente como él. Justamente hace horas, la orientadora nos dijo que, según el diagnóstico, el 30% de los estudiantes era hijo de padres divorciados. Treinta por cierto. El lloriqueo no impidió que quisiera googlear las cifras de engaño y divorcio en México, para ver si coincidían con las cifras que nos habían proporcionado en la escuela: “durante 2020 se registraron 92 739 divorcios y 335 563 matrimonios. Es decir, por cada 100 matrimonios ocurrieron 27.6 divorcios, que representa una disminución de 4.1 puntos respecto a la razón correspondiente al año anterior.” (INEGI, 2021). Bueno, al menos ha disminuido gracias a que las oficinas de gobierno estuvieron cerradas durante la pandemia.
El hombre dejó de llorar unos segundos para decirme que tenían dos hijos, que ella había decidido trabajar porque se aburría en la casa. Sus palabras me hicieron recordar lo que mi amiga me había dicho antier: renunció a su trabajo porque su jefa era un monstruo y porque sus compañeras se la pasaban contando sus aventuras todo el rato, sin dejar de reír, sin dejar de vanagloriarse de sus días de ebriedad y desenfreno junto a los compañeros de almacén; mujeres que apenas habían terminado la secundaria, con al menos un par de hijos que mantener, mismos que estaban en casa siendo criados por las abuelas.
De pronto me di cuenta de que ya no estaba, había bajado del taxi en la zona industrial.
Espero que su caso no termine en divorcio, o al menos que no termine en divorcio tan pronto; que espere al menos a que su par de hijos terminen la prepa, cuando ya no duele tanto y los traumas sean más superables; que se espere tantito hasta que muy probablemente exista un padrastro que pueda colaborar para la universidad.
Las estadísticas me han alcanzado, y eso que ni casada estoy.
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