Perro errante

Escrituras de paso en un mundo inestable


Transeúnte

No es común que nuestra atención se despeje mientras transitamos entre la gente. En realidad, no es común para personas que, como yo, suelen enfrascarse en sus usuales problemas cotidianos. Son muchos los días en que no vamos ni venimos, solo avanzamos hacia un punto indeterminado que nace y muere en nuestros pensamientos, tan despeinados como decía Stanislaw Jerzy Lec. Muchas veces, ese destino al que aparentemente nos dirigimos es un pretexto para ignorar la vida, para justificar que estamos viviendo, o para encontrar esa justificación.


Sí, es una perogrullada decirlo, pero es que no es tan sencillo darse cuenta de que, más allá de nuestras narices, hay gente viviendo. Y muriendo. Y esperando que a la vuelta de la esquina una persona se encuentre con alguien que le cambiará la vida, o que se percate de su existencia, o de su no-existencia. Mirar a los otros perderse entre sus sueños y realidades exige encontrarse parado enmedio de la calle, sin nada qué decir.

Sin embargo, a todos nos llegan días, meses, temporadas o etapas en que nos resulta imposible quedarnos adentro, nuestra mirada se despeja y salimos a darnos de bruses con realidades que hasta ese momento no nos incumbían. Luego de hacer arder los pensamientos internos, es inevitable que nos aborde la necesidad de mirar al otro, de hacerle frente, de explorar su alma, de darnos cuenta de que nunca hemos estado solos, de que al final no somos tan distintos como pensamos. Esos otros tienen retratos que reverdecen su espíritu cuando los días de gloria han pasado; esos otros tienen miedo de cavar un pozo y no encontrar agua, de no saciar su hambre, de perderse antes de intentar hallar la cima de una montaña.

Desde hace tiempo he pensado que cuando se es niño, es fácil darse cuenta de ello, transitar entre un mundo interior y exterior y, por ende, darse cuenta de que no estamos solos. Los niños aún no son Narciso junto al río; aún son el río. Avanzan en la única dirección que pueden, crecen. Cual corriente de un rápido enardecido, tienen tiempo de curiosear en aquello que no son, o tomar direcciones que los alejen de su fin, porque en realidad aún no tienen uno. Miran cuanto ocurre a su alrededor mientras van imaginando de qué forma puede interferir en su realidad inmediata. Miedo y curiosidad, su mirada se balancea entre estos dos estados del espíritu cuando se enfrentan a lo otro, mismos que, llegada la adultez, parecen haberse adormecido. La realidad es que sí, solo están dormidos.

Luego de contemplar los zapatos ajenos, sabes que los mejores momentos de la vida también se construyen con el deambular de aquello que no somos. Que nuestra mente sea capaz de almacenar la fotografía de dos almas que han coincidido una tarde veraniega también es enamorarse, y estar despiertos, y reconocer que al final no sabemos un carajo, ni de nosotros ni de la gente que camina junto a nosotros. Y que al final, eso tampoco importa.



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