Perro errante

Escrituras de paso en un mundo inestable


Naturaleza

Una sensación de árboles, lluvia, lluvia cayendo por encima de los árboles, árboles mojados, olor a tierra, olor a pasto, el pasto y la tierra que juntos forman una nueva naturaleza, una más verde, el marrón cada vez haciéndose a un lado, el marrón acurrucándose poco a poco en los pasos y en los rostros.

Un semblante de tierra mojada, otro de agua fría, muy indiferentes el uno del otro, tierra y mar; digo mar y no humedad, porque los hay quienes tienen mejillas, frentes y narices húmedas como de quienes han vivido muchas tormentas.

A través de las tormentas también corren personas suaves y volátiles, suave el cabello, suaves los ojos, suaves las noches y blandos los sueños, letargos que simulan infancias y días recostados bajo un montón de cielos.

Y entre tantas especies del ancho firmamento, hay enormes árboles cansados, siglos y siglos de historias mal contadas, retratos de la dureza con que a veces debe actuar Dios, o la naturaleza a la que muchos llamamos Dios, será lo mismo lo uno que lo otro.

Un Dios a veces tiene el deber de abrir los mares, resquebrajar la tierra, incendiar los cerros, tirar las hojas, expandir las cenizas.

Cenizas en medio de algunas miradas que nunca dejaron de enfermar, una convalecencia se anida sin arder. Esas miradas luego se hacen gente.

La gente sigue, seguimos caminando sobre la tierra húmeda, a pesar de la lluvia, a pesar de la tierra magullada, debemos hacerlo si queremos apropiarnos un poco de esa naturaleza humana que nos han dicho poseemos.

A un niño le han tratado de convencer de que la vida no es fácil, el abatimiento y la tragedia lo aguardarán siempre. Y el niño, sentado sobre un roble viejo a punto de morir ahogado de tormentas, decide creer que mañana será bueno.

El roble y el niño saben muy bien que en el ayer y en el mañana yace una naturaleza compartida.



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