Perro errante

Escrituras de paso en un mundo inestable


CAMINOS AÑEJOS, O DE CÓMO SE AMA POR SEXTA, Y NO ÚLTIMA VEZ

Vamos por el mundo. Encontramos una persona capaz de volcar y revolcar nuestra presencia como ella misma es capaz de lograr. En ningún momento nos detuvimos, o acaso fue un instante donde el sentido de la existencia se tornó imperecedero. De esta manera, seguimos transitando el mismo globo, pero sujetando una mano; mejor aún, no sólo es una mano, sino una sarta de ideas y expectativas que tarde o temprano entorpecerán ese caminar, que sin embargo nunca habíamos percibido tan fluido como el que se está comenzando a vislumbrar.

Seguimos, y creemos que nunca existió un andar tan diáfano e incesante, esta es la mejor manera que hemos encontrado para avanzar hacia un punto que ni siquiera sabíamos que existía,

¡Cómo es posible que no hayamos pisado la tierra de la manera en que lo estamos haciendo ahora!

Enormidad.

¿Algún pasado? Quizás existió alguno, pero, ¡qué importa!, lo que se vislumbra es un futuro tan prometedor como el alba misma; desde nuestra percepción, ese renacer del que tanto nos habló un alguien que por el momento no podemos recordar, está tan cerca; crece como un puñado de semillas que nunca abandonarán el terruño sobre el cual ya estamos girando, no sin antes haber germinado varios cientos de esperanzas y debilidades.

Desde ya sabemos que se extinguirán muchos soles antes de que las semillas dejen de dar frutos, incluso podemos tener la certeza de que serán más de los necesarios. Regularmente es así.

Si existen dudas en torno a la epopeya de lo que sobreviene tras el nacimiento de algún fruto, se decide comenzar a combatir como una mala hierba hasta erradicarla, quizás sea posible reducir nuestro asombro a un puñado de lunas nuevas y, una noche, por fin, el tiempo y el andar dejen de poseer ese semblante circular sobre el cual se han depositado nuestras últimas expectativas; por fin, no existan más amaneceres pintados con el mismo color que los frutos que con tanta fruición anhelamos probar.

Entretanto, el futuro se sostiene más que el presente mismo. Pensamos en la venida de un alba perpetua, en la sustancia que probablemente ya esté comenzando a ser; en verdad, ésta se perfila como el precipitado alumbramiento de la manzana primigenia.

Y comenzamos a inmortalizar ese andar, ese camino, esos soles y lunas, esos frutos que irremediablemente morirán, porque no son etéreos como los futuros avistados, no han salido de la imaginación de algún Dios, ni se han creado a imagen y semejanza de un sueño; sólo son y, como tal, dejarán de ser.

Ante esto tenemos un siguiente paso: dibujar, construir, modelar, delinear ese proceso germinal que nuestra existencia misma está presenciando. Y así lo haremos.

Entonces, antes de comenzar a esbozar, llega la idea de una obra zanjada; permanecemos a la expectativa de una pintura imaginaria y maquinal creada con premura mientras se corre en círculos, un cuadro que estamos tan dispuestos a crear y mirar por el resto de unos días que aún no tienen cabida en la memoria del tiempo.

Con ello, se suele dejar de lado un primer esbozo que podría sostener un día y una noche completos. Deviene el recogimiento sobre la pintura terminada, pero inexistente. La resguardamos con recelo, como si ella misma fuera el camino, el andar y el terruño, y no la mímesis de un deseo maniático; como si de ella brotara el jugo de ese fruto paradisiaco que tanto arrobo nos está causando.

Y sí, ante el mundo la certeza de tener una pintura terminada, palmaria y, sobretodo, excelsa, es lo real. El mundo donde nosotros caminamos, nos detenemos y degustamos el edén desaparece, nunca existió, aunque el sendero mismo sea aquello que verdaderamente sacudió al poeta.

Y he aquí el punto.

Afianzamos nuestra idea que mantiene a la pintura del camino como el principal fin. Aunque no hay fines, sólo medios. Para nosotros no existirá la pintura, ni la novela, ni la película. El autor siempre se queda y se muere en el proceso, en la escritura, en la técnica, en las noches sin luna; sus ausencias en el mundo son las que lo matan y lo vuelven a la vida.

La pintura no tiene la menor importancia; los crepúsculos interminables que pasamos avistando lunas y definiendo formas que sólo existían en nuestra colosal lucidez temporal, son aquellas que seguiremos experimentando hasta el último de nuestros días. Y nunca volveremos a intentar imitar colores como aquellos que se vislumbraban infinitos en aquellos días, siempre tan cercanos.

Existe quizás una idea impuesta por nosotros mismos acerca de lo valioso que es poseer una pintura que capture lo vivido, con una certeza furtiva de que ya no existe la realidad continua y patente sobre lo que se ha pintado, así que el vacío nos inunda.

No obstante, cuando existe certeza de la fugacidad e inutilidad de poseer un registro tangible sobre los días que pasamos degustando la vida en una coexistencia que llegó a ser hiperreal, es posible dejar el terruño y continuar.

Dejar atrás. Sin olvidar.

Recordar y agradecer.

Lo hemos hecho, hemos dejado de obstaculizar nuestro andar siempre pausado. Nos hemos despojado de toda intención acerca de crear, conservar, e incluso exponer una obra perenne y acabada. Este acto permite que dejemos de joder nuestra existencia misma.

El deseo de volver a caminar bajo las mismas condiciones jamás nos abandonará, pero la intención de poseer permanentemente aquello que se desea sí que puede vaciarse. Si este deseo ya se vio cumplido, vamos y busquemos otro, que los atajos y senderos, las tierras fértiles y los baldíos, los frutos y las semillas a desear se repiten como hileras de oyameles a lo largo de caminos siempre vírgenes, y en todos es posible sentarse a reposar.

Sé que muchos de ustedes ya lo saben, pero yo recién lo he aprendido.

Un día te levantas, volteas, miras a los ojos ese sendero que parecía tan prometedor, pero que se tambalea vertiginosamente en el presente; éste se revela ante ti como algo prohibido, que huye, o que simplemente no hace más que desgastar tu esperanza de contemplar mejores auroras; sabes que ahí está, y no es para ti. Así que mejor agradeces a la tierra misma el haberte dado tan sustanciosos días de gloria y tantas noches de invención; vuelves la vista al frente y esperas encontrar, acaso, algún otro fruto que te haga reposar sobre inmensos campos arados, no sin antes pensar:

Vaya que el sabor de un futuro así, nunca nadie más pudo habérmelo dado.



2 responde a “CAMINOS AÑEJOS, O DE CÓMO SE AMA POR SEXTA, Y NO ÚLTIMA VEZ”

  1. Avatar de jorgehernandezj
    jorgehernandezj

    A veces parece que hemos vislumbrado la excelencia de un andar incluso ante tal avistamiento los pasos toman otra cadencia y un nuevo pensar se predispone y todo se vuelve hermosamente cierto, por doquier germinan paraísos y espectaculares coincidencias que renuevan todo. Pero… aunque algo en nosotros mismos nos diga a grandes voces que estamos trazando la misma órbita de siempre, las fibras más íntimas nos dirán que estamos escribiendo una historia nueva.

    Le gusta a 1 persona

    1. Vaya que sí, esa contradicción interna de sentimientos y presentimientos es la que torna las historias humanas más sublimes, o más nuestras.

      Le gusta a 1 persona

Replica a paxilloscanem Cancelar respuesta