Gracias por leerme este año; si bien muchas de las ideas aquí vertidas podrían escribirse mejor, he tenido toda la intención de compartir en este blog mi versión de la vida a través de las palabras, más aún, lo he hecho con más publicaciones que en años anteriores, lo cual representa un gran logro para mí. Deseo para todo aquel que lea este post, un 2022 lleno de espacios para leer y disciplina para escribir, y claro, mucha salud, montones de días de confianza y abundante esperanza por aquello que se avecina. Abrazos.

A continuación unas palabras que intentan rendir homenaje a toda persona que se ha decidido a escribir en estos tiempos:
Nos gusta escribir, incluso cuando la vida se pone realmente dura. No importa en qué punto de nuestra existencia nos encontramos, tarde o temprano nos llega la necesidad de decirlo todo, de contar las ideas que día a día emergen a partir de un sueño, un altercado o tras observar detenidamente una escena de la vida cotidiana. Pero sobre todo, nos aborda la punzante necesidad de darle voz a esas imágenes y palabras que a punto de trascender una charla de ascensor, mueren cuando la puerta se abre y damos paso a eso que llamamos “realidad”, tierra salvaje que nunca ha sido, en palabras de…, un lugar para los débiles.
Y, sin embargo, hay mucho de mágico en esto de intentar vivir todos los días, que regularmente se embota en el fango de lo intrascendente. Magia a nuestro alcance; no me refiero a la espectacularidad que pudiera tener un intercambio de miradas o el pasar de las sombras, sino a la capacidad que tienen la vida para girar en sentido contrario al tiempo.
Un día un par de personas que un año atrás no sabían nada de la otra, se juntan a beber una buena cerveza, intercambian ideas acerca de monstruos de la infancia, de temores dejados atrás, de miedos intransigentes, de esperanza por un futuro sin niños que teman a lo que hay detrás del armario o debajo de la cama. De pronto se les acaba el ovillo de dónde habían estirado hasta el último sentido de pertenencia, se despiden cordialmente, no sin antes agradecer la sinceridad con la que se han mostrado; se levantan y se van. No se vuelven a ver.
Recorro las calles del lugar donde vivo, un sitio en transición, ni campo ni ciudad, sino la constante de progreso y comunidad que nos ha vendido el capitalismo y el socialismo al mismo tiempo. No existe ya ese silencio bucólico que absorbe la calma del alma y nos regresa el sonido de nuestros miedos en forma de palpitaciones en medio de la noche. Tampoco el silencio que aplasta con el peso de los fracasos y las heridas del corazón, manteniendo en vigilia a los más valientes. Hay ruido detrás de las matas, intranquilidad en los senderos, apretujamiento en medio de la llanura, un correr constante sin destino. Tal como ocurre en la ciudad y la sierra; las diferencias se mezclan y el espacio va dando tumbos a medio día, las máscaras teatrales ya no alcanzan a reconocerse en las caras del mundo y las palabras breves gritan que necesitan beber aún del primer verbo.
También la vida se rescata con la escritura y la palabra. Charlas que surgen enmedio de los grandes problemas económicos mundiales, que aparentan no considerar que los grandes de botas blancas nos están pasando por encima desde hace mucho tiempo, diálogos que no resolverán nunca el problema del cambio climático, palabras envenenadas de los bailes y los colores que se reproducen en cada celular del planeta. Entre una oración y otra, llegan a encontrarse y reconocerse las ideas, ahí es donde nace de pronto el sueño de una niña que jamás verá la luz porque su madre la ha dejado en manos de la tiranía que gobierna el mundo. Pero al menos la niña aún existe.
¡Feliz y bienvenido 2022!
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