
Una de las necesidades primordiales del ser humano es su necesidad de ficción, de contarse y que le cuenten aquello que se oculta en su interioridad y logra colarse en su semblante. Creamos y consumimos historias para dar sentido, no tanto al devenir histórico, sino a las motivaciones que guían ese trayecto. Cada generación ha intentado satisfacer esa urgente y placentera necesidad de inmiscuirse en la ficción para dar cabida a lo realizable o a lo inconcebible de nuestra mente y corazón humanos. Es fascinante cómo Gilgamesh, Nora Helmer, Vito Corleone, Cersei Lannister o Mafalda, comparten esa singular manera de llenar los espacios en blanco que dejan la venganza, el amor o la injusticia.
Así, cada generación ha nutrido su propia narrativa e identidad, a través de personajes memorables e historias que trascienden las verdades dichas en voz alta. Desde los griegos hasta la generación alfa, las máscaras individuales y sociales en turno han echado mano de todos los recursos con los que disponemos como humanidad. Evoluciona la tecnología, la ciencia, pero a la par permanecen los monstruos que necesitamos ficcionalizar para poder exorcizarlos. Esa mezcla de futuro y de pasado han creado muy diversas formas de consumir historias: literatura, teatro, radio, cine, televisión, streaming, redes sociales, IA.
Pienso en cómo los juglares iban de pueblo en pueblo divirtiendo, conmoviendo o perturbando la conciencia de quienes los escuchaban; en cómo los señores tlamatinime y cuicani preservaban toda una memoria colectiva en sus códices y en sus templos; en cómo las familias del siglo XX se sentaban alrededor de una radio para seguir las aventuras de algún héroe; en el auge de las series por streaming que son vistas hasta en el baño; en las historias brevísimas que últimamente abundan en las redes sociales. Estas últimas explotan el morbo, el pensamiento acelerado y la turbulencia de las relaciones sociales que parecen ser cada vez más lacerantes, pero poco peligrosas.
Una de estas formas que está cambiando nuevamente las narrativas y la ficción está en las frutinovelas hechas con IA. Cuando una alumna me preguntó si éstas podían considerarse arte narrativo, le comenté que desconocía qué eran, pero que esa misma tarde vería una para responder a su pregunta. No lo hice. Al otro día miré historias de Whatsapp y me apareció una que me regresó a la estudiante y a la investigación que no realicé; una ex alumna posteó: “las frutinovelas se han vuelto mi nueva adicción”. Inmediatamente vi una.
La frutinovela que vi trata sobre una berenjena adolescente que sufre de bullying por no ser delgada; la berenjena decide maquillarse y aparece con el cuerpo estándar de una modelo de Victoria Secret, con colorete y polvos. Enseguida los guapos de la escuela comienzan a pretenderla. En el punto álgido de la historia, uno de ellos la descubre y la expone en la piscina de la escuela, pero otro da el discurso trillado del valor interno por encima de la apariencia. No recuerdo cómo se llamaba la berenjena, qué frutas eran los galanes de la prepa cuál era el nombre y la personalidad de la fruta malvada que hacía burlas, vamos, no recuerdo ni siquiera en qué termina, porque tampoco importa mucho. En realidad, al final, te quedas con la sensación de que nada de lo que has visto es relevante, ni siquiera el mensaje de poner a los sentimientos por encima de la apariencia.
No quiero hablar de los estereotipos, el melodrama o las tramas simplonas que reproduce, sino en la audacia de narrar sin narración. Mientras miré el video sentí esa incomodidad de la prisa y el abuso de elipsis. Al principio pensé que se trataba de un resumen y que el verdadero desarrollo estaba en otro video. Luego me percaté de que no, esa era la historia “desarrollada”. Y mientras miraba y me adecuaba a los saltos gigantescos en la trama, pensé que se parecía demasiado a mis estudiantes: ir al punto, aunque ni ellos saben cuál es el punto; no detenerse a analizar, como para qué; quitar toda paja, porque ahondar en la naturaleza de cualquier objeto, sujeto o fenómeno es paja para ellos. Esto se parecía tanto a lo que experimentaba en el aula cuando trataba de abordar un tema o acercarme a indagar en sus preocupaciones diarias.
En este paralelismo, veo que esa necesidad de recurrir a la ficción hecha con IA comienza a ser una práctica cómica y sin sentido, que un recurso valioso que otras historias tenían, poco a poco se han ido desvaneciendo con el tiempo, ese que representaba el punto central de contar: indagar en la arquitectura del alma, descubrir dónde el mago descubre la carta, identificar el cuerpo sumergido en las aguas subterráneas de la vida y la muerte; identificar patrones, símbolos, el complejo entramado de nidos y telarañas construidos con distintos ritmos, pausas.
Las palabras y los espacios en blanco cada día son menos relevantes. A la IA no le hace mucho sentido el valor de estos dos recursos; aún no es el ser complejo y ansioso que más que respuestas, descubre poco a poco que son las preguntas y los silencios los que nos llevan siempre a cuestas hasta el final de una historia memorable: subidas, bajadas, pérdidas, el sin sentido y la indiferencia que a todos nos cala alguna vez; es que una discusión a puerta cerrada dice más que un personaje con final feliz.
En este sentido, la generación z y alfa ahora tienen como narrativa generacional las frutinovelas: historias rápidas y efectistas que tratan de infidelidad, sexo y dinero, abordados desde la violencia y la superficialidad. Decía Juan Rulfo que solo hay tres cosas en la vida sobre las que se escribe: el amor, la vida y la muerte; será que las frutinovelas son el primer indicio de no querer hablar directamente del amor, de la vida y de la muerte; para la juventud ya no es tan importante tratar de contar una historia completa que dé lecciones profundas, es necesario el filtro, encubrir lo que vulnera, evitar exponer lo que se pierde y lo que se gana de verdad.
Pienso mucho en esto: un adolescente de diecisiete años puede consumir toda la tarde este tipo de historias; más aún, puede pagar una suscripción de ciento cincuenta pesos y crear una donde plasme sus sueños húmedos y, si bien le va, hasta monetizar con ellos. La IA se ha convertido en esa herramienta que disuelve la barrera del dinero y las influencias para poder compartir una historia audiovisual y que se vuelva viral. Son precisamente los jóvenes quienes tienen en estos contenidos narrativos su primer acercamiento real a las historias, a una forma particular de ordenar sus propias vidas, clasificadas y matizadas por la IA, ese narrarse sin sumergirse en el relato ya es una forma válida de vincularse con el mundo.
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