Perro errante

Escrituras de paso en un mundo inestable


Callejón

Hoy cumplí once años, nada mal, regularmente los de mi especie estarían felices de llegar hasta aquí. Somos varios los veteranos quienes de repente ya no tenemos que solicitar el permiso de la calle. Siempre ha existido esa manada de perros viejos y solos que encuentran algún sentido al vagabundeo y la partida. Es hora de unirme a ellos, un perro como yo qué más puede enseñar aquí además del arte de esperar.

Toda la vida me la pasé esperando. Me pregunto si alguna vez se llegaron a cuestionar qué significaba la espera para un perro como yo. Les diré que yo siempre estuve a expensas de un Godot que sí llegaba, porque él llegaba siempre a tiempo, ni antes ni después.  Luego yo me convertí en Godot. Alguna clase de esperanza proveniente de mi pelaje amortiguaba el dolor de mi manada.

Pero, justo esta mañana, pude sentir que ya no había nada más que esperar aquí, esa manada de perros viejos ya se acercaba, como una peregrinación que se hace cada tantos siglos para recoger un poco el corazón de quienes ya están listos para algo más grande. Yo era uno de ellos. Yo había amado tanto y suficiente a quienes me habían alimentado con pollo, tortillas y cariño. Ya no me debían nada y la manada de perros cruzaba las calles del pueblo como llamando a la guerra, a enfrentar esa suave guerra con el tiempo de quienes ya lo dieron todo y un poco más.   

Ella me abrió la puerta sin titubear, aunque con el corazón anhelante de permanencia. Me miró como siempre, con esa voz suave de humana temerosa. Yo era ella y ella era yo; en lejanos días habíamos escapado de algunas guerras que decidimos enfrentar. Madre nos había enseñado a contar una por una las razones para pelear día con día. Éramos viejos conocidos, esos viejos conocidos que se conocen un poco, ya sea por algún movimiento peculiar en la mañana o cierta forma de caminar en la espesura del cansancio.

Ella me vio olfatear un poco la acera. Detenerme a olfatear un poco esa nueva vida, familiarizarme con el tono grisáceo de las calles, de mis calles. Me vio perderme entre la multitud de canes. Me vio ser un perro otra vez.



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