Perro errante

Escrituras de paso en un mundo inestable


Matemáticas avanzadas

I.

Qué fácil considerar una serie de unidades disponibles para estimar el paso del tiempo sobre mi cuerpo: trece mil cuatrocientos diecinueve días, diecisiete horas y cincuenta y un minutos. Y un puñado basto de lunares, cuatro cicatrices de la infancia, ocho trazos rugosos en el rostro que avanzan a paso acelerado, más de cien canas que hace un año no estaban, tres tonos de voz que intercalo a lo largo del día para que no sea evidente que solo estoy viviendo una vida. Nada más.

II.

Qué difícil estimar el cada vez más perceptible temblor de mis manos cada vez que sirvo el té, la cantidad de sangre externa recibida, el número de dietas inoperantes, de insomnios heredados, de taquicardias ante ciertas despedidas, del olor y la textura que tiene la piel de mis enfermos. Y las tantas veces que dije, que no dije, que dije a medias, que usé las palabras de alguien más para defender lo que quería, que usé la parte más frágil de mi voz para ceder un poco a las exigencias de mí misma. No puedo llevar la cuenta de las marcas que son a cuenta propia.

III.

Yo no sé hasta qué punto tendré que usar el cálculo integral que siempre odié para medir la superficie sospechosa donde siempre me he movido.

IV

Un gato en cambio se desplaza a través de la comodidad que representa ignorar el paso de las horas en un espacio ajeno. Y yo que no soy otra cosa más que un animal con pésimo equilibrio, tensar la cuerda entre las porciones de tiempo donde todavía no quepo y los espacios que aún no tienen bordes. Las matemáticas elementales son inútiles para delimitar todo lo que sale del poema.



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