¿Qué consejo de viaje sigues siempre?
Todo el tiempo nos movemos, pasamos de un día a otro cruzando la noche, seguimos el mismo curso de la tierra diariamente, copiamos el movimiento giratorio sobre nuestro propio eje, sin salir de casa.

Viajar es hacer de ese potencial un proyecto. Y seguir, seguir hasta haber aprendido lo que queríamos aprender, o hasta aburrirnos, o hasta que el presupuesto se termine, o hasta que de pronto nos asuste no volver jamás, o hasta que nos demos cuenta de que no podremos volver jamás, o hasta que nos demos por enterados de que el lugar del cual salimos ya no está en el mismo sitio donde se encontraba la última vez que partimos, o de que incluso siendo otros los lugares y otros nosotros mismos, el viaje del cual venimos nos reconocerá siempre como iguales.
Un viaje representa la partida, pero al mismo tiempo y con más fuerza que nostalgia, significa que vamos a volver. Un bucle a veces divertido, a veces vicioso, muchas veces cansado, pero lleno de esas vocecitas que revelan cuál es nuestra guarida y por qué salimos de ella. Nos dice Kavafis en uno de los más bellos poemas compuestos sobre las Ítacas a las que siempre volvemos por ser refugio y memoria:
Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
Hay que considerar que un viaje tiene que hacernos caminar distintos, y para eso, debemos ocupar un amplio valle de tiempo donde la paciencia nos despoje cada vez de los hierbajos que afean nuestra visibilidad de lo bueno, de lo bello, de lo salvaje. Aquí hallamos un segundo consejo, muy parecido al lema del metro mexicano en hora pico: «antes de entrar, deje salir», puesto que es imposible conseguir una colección de memorias infantiles cuando el monstruo que vive debajo de la cama lo llevamos en el maletero:
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.
En tercer lugar, no hay que olvidar lo que el padre de Siddhartha dijo a su hijo cuando éste le comunicó su insatisfacción por todo lo que representaba la vida que hasta ese momento su padre le había heredado:
—Irás al bosque —dijo—, y serás un samana. Si encuentras la bienaventuranza en el bosque, regresa y enséñamela. Si hallas el desengaño, vuelve y de nuevo sacrificaremos juntos ante los dioses. —
Múltiples interpretaciones pueden surgir de la petición que se hace a Siddhartha, pero de entre las tantas, podemos decir que es imprescindible sacar del equipaje lo que podemos compartir, mostrar, truequear, obsequiar; más valioso para nuestro corazón, saber que no estamos comprometidos a comprarlo todo, gastarlo todo, absorberlo todo. Regresar con las manos vacías a veces es un verdadero triunfo en el mundo de las idas y las vueltas.
Una cuarta consideración es distinguir bien qué transporte o vehículo queremos que nos lleve y nos devuelva, porque en sus motores yace una experiencia muy particular. Caminemos a todas partes, dice Thoreau, pues en el caminar se desenreda la verdadera naturaleza del pensamiento; rodea la ciudad una y otra vez en bicicleta, sugiere Byrne, pues el movimiento de las ruedas nos invita a encontrar un segundo arte detrás de los objetos; toma el auto y la carretera, grita Kerouac, pues la verdadera función del movimiento sobre cuatro ruedas es conservar la juventud:
Estábamos todos encantados, nos dábamos cuenta de que dejábamos la confusión y el sinsentido atrás y realizábamos nuestra única y noble función del momento: movernos. […] Todos seguíamos la música y estábamos de acuerdo. La pureza de la carretera. La línea blanca del centro de la autopista se desarrollaba siempre abrazada a nuestro neumático delantero izquierdo como si estuviera pegada a sus estrías.
Y qué me dicen de los trenes, un tren fue protagonista, antagonista y personaje de paso en esa gran novela de don Fernando del Paso llamada José Trigo; el tren desnudo, representante de todos los vehículos del mundo, es quien va marcando el ritmo de las historias que se guardan, que se cuentan luego, que se pierden o se conservan al final:
Es el tren. El tren que viene, que pasa, que va, que fue.
Porque el silbato de un tren es el tren mismo.
Y es todo lo que lleva el tren.
Y es todos los lugares que conoce el tren.
Y todo lo que tiene qué ver con el tren.
Como quinta consigna es recordar, siempre recordar que, ante cualquier viaje que emprendamos, siempre hay uno que nos hará perder algo. No siempre será desventurado, a veces solo un pequeño objeto perdido en las fauces de una vida llena de ruido y furia, como sugería Shakespeare. Otras, en cambio, tendrán que ser maquilladas con la ternura de una casa que aún conserva el olor maternal de la cordura. Pensemos en György Köves, el protagonista de la novela Sin destino, cuyas vivencias casi antiguas se ha vuelto memoria y abrazo, un ligero deseo de perderse en el dolor. O también cuando el hijo pródigo admite:
¡Padre mío! ¡Padre mío! El gusto salvaje de las bellotas dulces permanece en mi boca pese a todo. Nada podría borrar el sabor.
André Gide nos muestra en un par de versos la razón por la cuál el retorno puede ser, si lo miramos a una distancia de vidas, un retorno siempre a medias.
En sexto lugar, nunca dejemos de considerar que siempre habrá algo para lo que nunca estemos lo suficientemente cansados. Hay un lugar, una persona, un animal, un momento que puede materializar la aventura de la vida. Así lo afirma Florentino Ariza, cuando le asegura a Fermina Daza —y a sí mismo—, que puede permanecer toda la vida en ese ir y venir del carajo al que se habían lanzado desde hacía cincuenta y tres años, siente meses y once días con sus noches.
Finalmente, y como última consideración, hay algo de todo este tema que nos dirige a Unamuno, el siguiente fragmento pertenece a una compilación de ensayos llamada Andanzas y visiones españolas, donde afirma que si el viaje se dirige a la cima de la montaña, ya hemos ganado, pues es justo ahí donde el movimiento se quiebra y nuestro viaje se convierte en esa sensación única de estaticidad; el movimiento nos habrá regresado a la quietud con la que el universo se rige:
[…]lo he sentido así en la cima de la Peña de Francia, en el reino del silencio; he sentido la inmovilidad en medio de las mudanzas, la eternidad debajo del tiempo, he tocado el fondo del mar de la vida.
Termino con la imagen de Lena Groove, protagonista de Luz de agosto, escrita por William Faulkner; ella sabe que se ha puesto en camino del mayor viaje de su vida, y se ha llevado con ella tan solo la ilusión de encontrar lo que busca:
Sentada en la orilla de la carretera, con los ojos clavados en la carreta que sube hacia ella, Lena piensa: «He venido desde Alabama: un buen trecho de camino. A pie desde Alabama hasta aquí. Un buen trecho de camino.» Mientras piensa todavía no hace un mes que me puse en camino y heme aquí ya, en Mississippi. Nunca me había encontrado tan lejos de casa. Nunca, desde que tenía doce años, me había encontrado tan lejos del aserradero de Doane.
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